Hay tierras que están llena de agua para el bienestar del cuerpo
y tierras que están llenas de arena para el bienestar del alma
Proverbio tuareg
Erasé una vez, hace muchas lunas, en el desierto, un príncipe que se miró en un estanque. Pero sólo los que no están enamorados, ven su reflejo; el príncipe, miraba su alma. Y tanto la contempló, que terminó cambiando el mundo visible por el invisible…
Bab’ Aziz le cuenta esta historia a Isthar, su nieta de nueve años, para entretenerla mientras atraviesan el desierto para acudir a la reunión que los derviches realizan cada treinta años. Bab’ Aziz es un derviche sufí ciego. Un derviche es un miembro de una hermandad religiosa y ascética islámica, que vive como un mendigo, sin posesiones materiales, en busca de la sabiduría. Bab’ Aziz le explica a Isthar que para poder encontrar el lugar de la reunión hay que tener fe; solo así hallarán el camino. Además se van encontrando con otros caminantes que también les cuentan sus historias: Zaid, que busca a la bella Noor, a la que sedujo con sus canciones; Osman, que busca a su amada en el fondo de los pozos…
Dice el señor Khemir, el director, que es una película política, que la ha rodado para hacer saber al mundo que el Islam también es humanismo, no sólo terrorismo fanático fundamentalista; porque el único modo de acabar con el miedo que ahoga a la gente, es acabar con la ignorancia sobre “el otro”. Pero no esperen encontrarse una peli panfletaria. Con una música imprescindible y una fotografía, a cargo del iraní Mahmoud Kalari, impresionante (a pesar de que no salga ninguna puesta de sol), el tunecino Nacir Khemir ha creado un bellísimo cuento recién sacado de las Mil y Una Noches. Ni la mismísima Sherezade lo hubiera contado mejor. Un cuento que habla de las cosas importantes; de lo que solo se ve con el corazón; de la vida, de la muerte y del amor.
En fin, una hermosísima y fascinante película.















