…en la valla…

Merry Xmas

Domingo 21 Diciembre 2008 · 4 comentarios

Days when the sun is so clear and bright
A dream that’s as real as the stars in the night
I wish for you, always

A heart that can heal when you love in vain
A friend who can hold you through all of the pain
I wish for you, always

Wish you hope through your share of tears
I wish you peace all your living years
When the moon is high
I’ll wish you were here

The wisdom to trust in somebody else
The strength to believe most of all in yourself
I wish for you, always

Wish you hope through your share of tears
I wish you peace all your living years
When the moon is high
I’ll wish you were here

Someone to stay with you wrong or right
Someone to love every breath of your life
I wish for you, always

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Happy Birthday!!

Viernes 12 Septiembre 2008 · 3 comentarios

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Donald’s Dog Laundry, 1940

Domingo 13 Julio 2008 · Deja un comentario

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ARE YOU REAL. Dennis Wilson.

Sábado 12 Julio 2008 · Deja un comentario

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ALICIA A TRAVÉS DEL ESPEJO. Lewis Carroll y John Tenniel.

Viernes 11 Julio 2008 · 1 comentario

— No es más que el Rey rojo que está roncando —explicó Tarará.
—¡Ven, vamos a verlo! —exclamaron los hermanos y tomando cada uno una mano de Alicia la condujeron a donde estaba el Rey.
—¿No te parece que está precioso? —dijo Tararí.
Alicia no podía asegurarlo sinceramente: el Rey llevaba puesto un gran gorro de dormir con una borla en la punta, y estaba enroscado, formando como un bulto desordenado; roncaba tan sonoramente que Tararí observó:
—Como si se le fuera a volar la cabeza a cada ronquido.
—Me parece que se va a resfriar si sigue ahí tumbado sobre la hierba húmeda —dijo Alicia, que era una niña muy prudente y considerada.
—Ahora está soñando —señaló Tarará— ¿y a que no sabes lo que está soñando?
—¡Vaya uno a saber! —replicó Alicia— ¡Eso no podría adivinarlo nadie!
—¡Anda! ¡Pues si te está soñando a ti! —exciamó Tarará batiendo palmas en aplauso de su triunfo—. Y sí dejara de soñar contigo, ¿qué crees que te pasaría?
—Pues que seguiría aquí tan tranquila, por supuesto —respondió Alicia.
—¡Ya! ¡Eso es lo que tú quisieras! —replicó Tarará con gran suficiencia—. ¡No estarías en ninguna parte! ¡Cómo que tú no eres más que un algo con lo que está soñando!
—Si este Rey aquí se nos despertara —añadió Tararí— tu te apagarías… ¡zas! ¡Como una vela!
—¡No es verdad —exclamó Alicia indignada—. Además, si yo no fuera más que algo con lo que está soñando, ¡me gustaría saber lo que sois vosotros!
—¡Eso, eso! —dijo Tararí.
—¡Tú lo has dicho! —exclamó Tarará.
Tantas voces daban que Alicia no pudo contenerse y les dijo:
—¡Callad! Que lo vais a despertar como sigáis haciendo tanto ruido.
—Eso habría que verlo; lo que es a ti de nada te serviría hablar de despertarlo —dlijo Tararí— cuando no eres más que un objeto de su sueño. Sabes perfectamente que no tienes ninguna realidad.
—¡Que sí soy real! —insistió Alicia y empezó a llorar.
—Por mucho que llores no te vas a hacer ni una pizca más real —observó Tarará— y además no hay nada de qué llorar.
—Si yo no fuera real —continuó Alicia, medio riéndose a través de sus lágrimas, pues todo le parecía tan ridículo— no podría llorar como lo estoy haciendo.
—¡Anda! Pues, ¡no supondrás que esas lágrimas son de verdad? —interrumpió Tararí con el mayor desprecio.

* * * * * * * * *

Al llegar a las últimas palabras de la balada, el caballero recogió las riendas y volvió la cabeza de su corcel por el camino por donde habían venido.
—Sólo te quedan unos metros más —dijo— bajando por la colina y cruzando el arroyuelo aquél: entonces serás una reina…, pero antes te quedarás un poco aquí para decirme adiós, ¿no? —añadió al ver que Alicia volvía la cabeza muy ansiosa en la dirección que le indicaba—. No tardaré mucho. ¡Podrías esperar aquí y agitar el pañuelo cuando llegue a aquella curva! Es que, ¿comprendes?, eso me animaría un poco.
—Pues claro que esperaré —le aseguró Alicia— y muchas gracias por venir conmigo hasta aquí, tan lejos…, y por la canción…, me gustó mucho…
—Espero que sí —dijo el caballero con algunas dudas—: no lloraste tanto como había supuesto.
Y diciendo esto se dieron la mano y el caballero se alejó pausadamente por el bosque. —No tardaré mucho en verlo despedido, supongo —se dijo Alicia mientras le seguía con la vista—. ¡Ahí va! ¡De cabeza, como de costumbre! Pero parece que vuelve a montar con bastante facilidad…, eso gana con colgar tantas cosas de la silla… —y así continuó hablando consigo misma mientras contemplaba cómo iba cayendo ya de un lado ya del otro a medida que el caballo seguía cómodamente al paso. Después de la cuarta o quinta caída llegó a la curva y entonces Alicia agitó el pañuelo en el aire y esperó hasta que se perdiera de vista.
—Ojalá que eso lo animara —dijo, al mismo tiempo que se volvía y empezaba a correr cuesta abajo.

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Caja de Música

Jueves 10 Julio 2008 · 3 comentarios

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AVENTURAS SUBTERRÁNEAS DE ALICIA. Lewis Carroll.

Miércoles 9 Julio 2008 · 1 comentario

Capítulo IV

Un gran rosal se elevaba cerca de la entrada del jardín: las rosas en él eran blancas, pero había tres jardineros, pintándolas apresuradamente de rojo. Esto lo consideró Alicia algo muy curioso, y se acercó a observarlos, y justo al llegar oyó decir a uno de ellos: «¡Mira lo que haces, Cinco! ¡No sigas salpicándome así de pintura!»
«No pude evitarlo», dijo Cinco con tono malhumorado, «Siete me dio en el hombro.»
A lo cual Siete levantó la cabeza y dijo: «¡Eso es, Cinco! ¡Siempre echándole la culpa a los demás!»
«¡Tú mejor no hables!», dijo Cinco, «¡oí a la Reina decir ayer mismo que estaba pensando decapitarte!»
«¿Por qué fue?», dijo el que había hablado primero, «¡Eso no es asunto tuyo, Dos!», dijo Siete.
«¡Sí que es asunto suyo!», dijo Cinco, «y voy a decírselo: fue por llevarle bulbos de tulipán al cocinero en lugar de patatas.»
Siete tiró al suelo la brocha, y justo empezaba a decir: «¡Bueno! De todas las cosas injustas —», cuando sus ojos cayeron sobre Alicia, y se detuvo de repente; los demás se volvieron, y todos se descubrieron e hicieron una profunda reverencia.
«¿Querrían decirme, por favor», dijo Alicia tímidamente, «por qué están pintando esas rosas?»
Cinco y Siete miraron a Dos, pero nada dijeron: Dos empezó, en voz baja: «Porque, Señorita, el hecho es que éste debería haber sido un rosal rojo, y pusimos uno blanco por equivocación, y si la Reina fuera a descubrirlo, se nos cortaría a todos la cabeza.
Así que, ya ve, hacemos lo que podemos, antes de que venga, a —.» En este instante Cinco, que había estado mirando ansiosamente por el jardín exclamó: «¡La Reina! ¡La Reina!», y los tres jardineros inmediatamente se arrojaron de bruces con los rostros contra el suelo. Hubo un rumor de muchas pisadas, y Alicia se volvió, ansiosa de ver a la Reina.
Primero vinieron diez soldados llevando bastos, tenían todos la forma de los tres jardineros, planos y rectangulares, con las manos y los pies en las esquinas; a continuación los diez cortesanos; estaban todos adornados de oros, y marchaban de dos en dos, como hacían los soldados. Detrás llegaron los infantes Reales: había diez de ellos, y las criaturitas llegaron saltando alegremente, cogidos de la mano, por parejas: estaban todos adornados con corazones. A continuación llegaron los invitados, la mayor parte reyes y reinas, entre los cuales Alicia reconoció al conejo blanco: estaba hablando de un modo precipitado y nervioso, sonriendo a todo lo que decían, y pasó de largo sin reparar en ella. Luego siguió la Sota de Corazones, llevando la corona del Rey en un cojín, y, al final de todo este cortejo, llegaron EL REY Y LA REINA DE CORAZONES.
Cuando el cortejo llegó frente a Alicia, todos se detuvieron y la miraron, y la Reina dijo con severidad: «¿Quién es ésta?». Se lo dijo a la Sota de Corazones, quien tan sólo se inclinó y sonrió como respuesta.

«¡Idiota!», dijo la Reina, levantando la nariz, y le preguntó a Alicia: «¿Cómo te llamas?»
«Me llamo Alicia, para servir a su Majestad», dijo Alicia con resolución, porque pensó para sí: «¡Como que sólo son una baraja de cartas, no necesito tenerles miedo!»
«¿Quiénes son éstos?», dijo la Reina, señalando a los tres jardineros echados alrededor del rosal, porque, como estaban echados sobre sus caras, y el dibujo de la espalda era el mismo que el del resto de la baraja, no podía decir si eran jardineros, o soldados, o cortesanos, o tres de sus propios hijos.
«¿Cómo lo iba a saber yo?», dijo Alicia, asombrada de su propio atrevimiento, «no es asunto mío
La Reina volvióse roja de cólera, y, después de mirarla ferozmente un momento, arrancó a decir con una voz de trueno: «¡Que le corten la —.»
«¡Absurdo!», dijo Alicia, muy alto y decidida, y la Reina se calló.
El Rey puso la mano sobre su brazo, y dijo tímidamente: «¡Recuerda, querida!, ¡es sólo una niña!»
La Reina se apartó furiosamente de él, y le dijo a la Sota: «¡Dales la vuelta!»
La Sota lo hizo, muy cuidadosamente, con un pie.
«¡Arriba!», dijo la Reina, con una fuerte y estridente voz, y los tres jardineros inmediatamente se levantaron de un salto, y empezaron a hacerles reverencias al Rey, a la Reina, a los infantes Reales, y a todos los demás.
«¡Dejad eso!», chilló la Reina, «me mareáis.» Y entonces, volviéndose al rosal, avanzó: «¿Qué habéis estado haciendo aquí?»
«Con la venia de su Majestad», dijo Dos muy humildemente, doblando la rodilla conforme hablaba, «estábamos tratando de —.»
«¡Ya veo!», dijo la Reina, quien mientras tanto había estado examinando las rosas, «¡que les corten la cabeza!», y el cortejo siguió adelante, quedando detrás tres de los soldados para ejecutar a los tres desgraciados jardineros, que corrieron hacia Alicia buscando protección.
«¡No os decapitarán!», dijo Alicia, y se los metió en el bolsillo: los tres soldados desfilaron una vez a su alrededor, buscándolos, y entonces se marcharon en silencio tras los demás.
«¿Les cortaron la cabeza?», gritó la Reina.
«Sus cabezas han desaparecido», gritaron los soldados como respuesta, «¡con el permiso de su Majestad!»
«¡Bien!», gritó la Reina, «¿sabes jugar al croquet?»
Los soldados se quedaron callados, y miraron a Alicia, como quiera que la pregunta fue evidentemente dirigida a ella.
«¡Sí!», gritó Alicia al límite de su voz.
«¡Pues vamos!», rugió la Reina, y Alicia se unió al cortejo, preguntándose mucho qué pasaría después.
«¡Hace… hace un día muy bonito!», dijo una tímida vocecita: iba caminando junto al conejo blanco, que estaba ansiosamente asomado a su rostro.
«Mucho», dijo Alicia, «¿dónde está la Marquesa?»
«¡Calla, calla!», dijo el conejo en voz baja, «que va a oírte. La Reina es la Marquesa: ¿no lo sabías?»
«No, yo no», dijo Alicia, «¿de qué?»
«Reina de Corazones», dijo el conejo en un susurro, poniéndole la boca junto al oído, «y Marquesa de las Tortugas Artificiales.»
«¿Qué son?», dijo Alicia, pero no hubo tiempo de responder, porque habían llegado al campo de croquet, y la partida empezó inmediatamente.
Alicia pensó que nunca había visto un campo de croquet tan curioso en toda su vida: estaba todo lleno de crestas y surcos, las bolas eran erizos vivos, los mazos avestruces vivas, y los soldados tenían que doblarse, y quedarse de pies y manos, para hacer los arcos.

La mayor dificultad que Alicia encontró al principio fue arreglárselas con su avestruz: consiguió encajarle el cuerpo, con una cierta comodidad, bajo el brazo, con las patas colgando, pero, generalmente, justo al tenerle el cuello bien estirado, e ir a dar un golpe con la cabeza, se giraba, y la miraba a la cara, con tan perpleja expresión que no podía evitar romper a reír, y cuando le había bajado la cabeza e iba a empezar otra vez, era muy confuso encontrar que el erizo se había desenrollado, y estaba a punto de marcharse arrastrándose; aparte de todo esto, había generalmente una cresta o un surco en su camino, por donde fuera que quisiera mandar al erizo, y como los soldados doblados estaban siempre levantándose y marchándose a otras partes del campo. Alicia pronto llegó a la conclusión de que era un juego ciertamente muy difícil.

Los jugadores jugaban todos a la vez sin esperar su turno, y estaban todo el rato peleándose al límite de sus voces, y en pocos minutos la Reina tuvo un violento ataque de cólera, y se puso a dar pisotones y a gritar: «¡Que le corten la cabeza a éste!» o «¡que le corten la cabeza a ésta!», casi a cada momento. Todos aquellos a los que sentenció fueron detenidos por los soldados, que desde luego tenían que dejar de ser arcos para hacer esto, así que, al cabo de una hora o así, no quedaba ningún arco, y todos los jugadores, excepto el Rey, la Reina y Alicia, estaban detenidos, y bajo sentencia de ejecución.
Entonces la Reina terminó, completamente sin aliento, y dijo a Alicia: «¿Has visto a la Tortuga Artificial?»
«No», dijo Alicia, «ni siquiera sé lo que es una Tortuga Artificial.»
«Pues vamos», dijo la Reina, «y te contará su historia.» Al marcharse juntos, Alicia oyó al Rey decir en voz baja, a la concurrencia en general: «Estáis todos perdonados.»
«¡Vamos, eso es una buena cosa!», pensó Alicia, que se había sentido muy afligida por el número de ejecuciones que la Reina había ordenado.
Muy pronto llegaron junto a un Grifo, que yacía profundamente dormido al sol (si no sabes lo que es un Grifo, mira el dibujo): «¡Arriba, holgazán!», dijo la Reina, «y lleva a esta joven dama a ver a la Tortuga Artificial, y oír su historia. Debo volver para asistir a algunas ejecuciones que he ordenado», y se marchó, dejando a Alicia con el Grifo. A Alicia no le gustó del todo el aspecto de la criatura, pero en conjunto le pareció tan seguro quedarse como seguir a esa salvaje Reina, así que esperó.
El Grifo se incorporó y se frotó los ojos; entonces estuvo observando a la Reina hasta que se perdió de vista, y entonces se rió entre dientes: «¡Qué gracioso!», dijo el Grifo, medio para sí medio a Alicia.
«¿Qué es lo gracioso?», dijo Alicia.
«Pues ella», dijo el Grifo, «todo es fantasía suya, eso. Nunca ejecutan a nadie, ya sabes, ¡vamos!»
«Todo el mundo aquí dice ‘¡vamos!’», pensó Alicia, conforme caminaba lentamente tras el Grifo, «nunca antes había recibido así tantas órdenes en toda mi vida…, ¡nunca!»
No habían ido muy lejos antes de ver a la Tortuga Artificial en la distancia, sentada triste y sola sobre una pequeña repisa de roca, y, conforme se acercaban, Alicia pudo oírla suspirar como si el corazón se le fuera a partir. Se apiadó profundamente de ella: «¿Cuál es su dolor?», le preguntó al Grifo, y el Grifo contestó, casi con las mismas palabras de antes: «Todo es fantasía suya, eso, no tiene dolor alguno, ya sabes, ¡vamos!»
Así que llegaron a la Tortuga Artificial, que los miró con grandes ojos llenos de lágrimas, pero no dijo nada.
«Aquí esta joven dama», dijo el Grifo, «quiere conocer tu historia, eso quiere.»
«La contaré», dijo la Tortuga Artificial, con tono profundamente sepulcral, «siéntate, y no hables hasta que haya terminado.»
Así que se sentaron, y no se habló durante algunos minutos. Alicia pensó para sí: «No veo cómo pueda nunca terminar, si no empieza», pero esperó pacientemente.
«Una vez», dijo la Tortuga Artificial al fin, con un profundo suspiro, «yo era una Tortuga real.»
Estas palabras fueron seguidas de un larguísimo silencio, roto tan sólo por alguna exclamación ocasional por parte del Grifo de «¡hjckrrh!», y los constantes graves sollozos de la Tortuga Artificial. Alicia estuvo muy cerca de levantarse y decir: «¡Gracias, señor, por su interesante historia!», pero no puedo dejar de pensar que tenía que haber algo más, así que se quedó quieta y no dijo nada.
«Cuando éramos pequeños», la Tortuga Artificial prosiguió, más tranquila, aunque aún sollozando un poco por aquí y por allá, «íbamos a la escuela en el mar. El maestro era una vieja Tortuga… solíamos llamarlo Galápago…»
«¿Por qué le llamabais Galápago, si no lo era?», preguntó Alicia.
«Le llamábamos Galápago porque nos galapagaba», dijo la Tortuga Artificial airadamente, «¡pues sí que eres tonta!»
«Deberías avergonzarte de ti misma por hacer una pregunta tan sencilla», añadió el Grifo, y entonces ambos se sentaron en silencio y miraron a la pobre Alicia, que se sintió dispuesta a hundirse bajo tierra; al fin el Grifo le dijo a la Tortuga Artificial: «¡Sigue, viejo! ¡No te pases así el día!», y la Tortuga Artificial prosiguió con estas palabras:
«Tú puedes no haber vivido mucho bajo el mar…» («No he vivido», dijo Alicia), «y quizás incluso no te hayan presentado nunca una langosta…» (Alicia empezó a decir «yo una vez probé…», pero automáticamente se contuvo, y dijo: «No nunca» en su lugar), «¡así que no puedes tener ni idea qué cosa tan deliciosa es una Cuadrilla de Langostas!»
«No, ciertamente», dijo Alicia, «¿qué tipo de cosa es?»
«Cómo», dijo el Grifo, «se forma en línea a lo largo de la costa…»
«¡Dos líneas!», gritó la Tortuga Artificial, «focas, tortugas, salmones, y así… avanzáis dos veces…»
«¡Cada uno con una langosta como pareja!», gritó el Grifo.
«Por supuesto», dijo la Tortuga Artificial, «avanzáis dos veces, formáis las parejas…»
«Cambiáis de langosta, y os retiráis por el mismo orden…», interrumpió el Grifo.
«Entonces, ya sabes», continuó la Tortuga Artificial, «lanzáis las…»
«¡Las langostas!», vociferó el Grifo, dando un salto por el aire.
«Tan lejos al mar como podáis…»
«¡Nadad tras ellas!», chilló el Grifo.
«¡Dad un salto mortal en el mar!», gritó la Tortuga Artificial, brincando ferozmente.

«¡Cambiad de langosta otra vez!», ahuyó el Grifo al límite de su voz, «y entonces…»
«Eso es todo», dijo la Tortuga Artificial, bajando de repente la voz, y las dos criaturas, que habían estado saltando como locos todo el tiempo, se sentaron otra vez muy tristes y calladas, y miraron a Alicia.
«Tiene que ser un baile muy bonito», dijo Alicia tímidamente.
«¿Te gustaría verlo un poco?», dijo la Tortuga Artificial.
«Muchísimo, ciertamente», dijo Alicia.
«¡Ven, vamos a probar con la primera figura!», le dijo la Tortuga Artificial al Grifo, «podemos hacerlo sin langostas, ya sabes. ¿Quién va a cantar?»
«¡Oh, canta l», dijo el Grifo, «he olvidado las palabras.»
Así que empezaron solemnemente a bailar alrededor y alrededor de Alicia, pisándole los pies cada dos por tres cuando se acercaban demasiado, y moviendo las patas delanteras para marcar el compás, mientras la Tortuga Artificial cantaba lenta y tristemente estas palabras:

    «Bajo las aguas del mar
    Hay langostas tan gordas como gordas pueda haber…
    Les encanta bailar contigo y conmigo,
    ¡Mi dulce, mi dulce Salmón!»

El Grifo se le unió cantando el coro, que era:

    «¡Sube Salmón! ¡Baja Salmón!
    ¡Vamos Salmón y tuerce la cola!
    ¡De todos los peces del mar
    No hay como el Salmón ninguno tan bueno!»

«Gracias», dijo Alicia, sintiéndose muy contenta de que la figura hubiera terminado.
«¿Probamos con la segunda figura?», dijo el Grifo, «¿o preferirías una canción?»
«¡Oh, una canción, por favor!», replicó Alicia, tan vehementemente que el Grifo dijo en un tono más bien ofendido: «¡Hum!, ¡nada hay escrito sobre gustos! Cántale ‘Sopa de Tortuga Artificial’, ¡anda, viejo!»
La Tortuga Artificial suspiró profundamente, y empezó, con voz a veces ahogada por sollozos, a cantar esto:

    «¡Buenísima sopa, tan rica y tan verde,
    Esperando en caliente sopera!
    ¿Quién por tal delicia, no se rebajaría?
    ¡Sopa de la noche, buenísima Sopa!
    ¡Sopa de la noche, buenísima Sopa!
    ¡Buení… íísima Soo… oopa!
    ¡Buení… íísima Soo… oopa!
    ¡Soo… oopa de la no… o… oche,
    Buenísima buenísima Sopa!

«¡El coro otra vez!», gritó el Grifo, y la Tortuga Artificial justo había empezado a repetirlo, cuando un grito de «¡Que empieza el juicio!» se oyó en la distancia.
«¡Vamos!», gritó el Grifo, y, tomando a Alicia de la mano, echó a correr, sin esperar al final de la canción.
«¿Qué juicio es?», jadeó Alicia al correr, pero el Grifo sólo contestó «¡vamos!», y más velozmente corría, y cada vez más débilmente llegaban, sostenidas por la brisa que los seguía, las melancólicas palabras:

    «Soo… oopa de la no… o… oche,
    ¡Buenísima buenísima Sopa!»

El Rey y la Reina estaban sentados en su trono cuando llegaron, con una gran multitud congregada a su alrededor: la Sota estaba detenida, y ante el Rey estaba el conejo blanco, con una trompeta en una mano, y un rollo de pergamino en la otra.

«¡Heraldo!, ¡lee la acusación!», dijo el Rey.
A esto el conejo blanco sopló tres toques de trompeta, y entonces desenrolló el rollo de pergamino, y leyó como sigue:

    «La Reina de Corazones hizo algunas tartas
    Todas en un día de verano:
    La Sota de Corazones robó aquellas tartas
    ¡Y las escondió en lugar lejano!»

«Ahora vamos a las pruebas», dijo el Rey, «y luego la sentencia.»
«¡No!», dijo la Reina, «¡primero la sentencia, y luego las pruebas!»
«¡Absurdo!», gritó Alicia, tan fuerte que todo el mundo dio un brinco, «¡la idea de poner primero la sentencia!»
«¡Cállate la boca!», dijo la Reina.
«¡No quiero!», dijo Alicia, «¡no sois más que una baraja de cartas! ¡A quién le importáis?»
En esto toda la baraja se levantó por los aires, y se echó volando sobre ella; dio un pequeño chillido de terror, e intentó rechazarlas, y se encontró echada en la ribera, con la cabeza en el regazo de su hermana, que dulcemente la cepillaba de algunas hojas que habían caído meciéndose desde los árboles a su cara.
«¡Despierta, Alicia querida!», dijo su hermana, «¡qué buen sueño tan largo has echado!»
«¡Oh, he tenido un sueño tan curioso!», dijo Alicia, y le contó a su hermana todas sus Aventuras Subterráneas, como las has leído, y cuando hubo terminado, su hermana la besó y dijo: «Fue un curioso sueño, querida, ciertamente! Pero ahora corre adentro a tomar el té: se está haciendo tarde.» Así que Alicia corrió, pensando mientras corría (como buenamente podía) qué maravilloso sueño había sido.

Pero su hermana se quedó allí sentada algún tiempo más, contemplando el sol poniente, y pensando en la pequeña Alicia y en sus Aventuras, hasta que, empezó ella también a soñar en cierto modo, y éste fue su sueño:
Vio una antigua ciudad, y un silencioso río serpenteando cerca de ella a través de la llanura, y subía corriente arriba deslizándose lentamente un bote con un alegre grupo de niños a bordo —podía oír sus voces y risas como una música sobre el agua— y entre ellos había otra pequeña Alicia, que estaba escuchando con relucientes ojos ilusionados un cuento que estaban contando, y ella escuchaba las palabras del cuento, y ¡ved!, era el sueño de su propia hermanita. Así que el bote discurría lentamente, bajo el reluciente día de verano, con su alegre tripulación y su música de voces y risas, hasta que pasó tras uno de los muchos recodos de la corriente, y ya no lo vio más.
Entonces pensó (como en un sueño a través del sueño, o así), cómo esta misma pequeña Alicia habría de ser, el día de mañana, toda una mujer; y cómo guardaría, a través de sus años maduros, el sencillo y amable corazón de su niñez, y cómo se reuniría entonces con sus niños pequeños, y pondría relucientes e ilusionados sus ojos con muchos cuentos maravillosos, quizás incluso con estas mismas aventuras de la pequeña Alicia de hace-tiempo; y cómo sentiría ella todas sus sencillas penas, y gozaría con todas sus sencillas alegrías, recordando su propia infancia, y los felices días de verano.

felices días de verano.

FIN

→ 1 comentarioCategorías: Cuentos

DON’T TALK (PUT YOUR HEAD ON MY SHOULDER). The Beach Boys.

Martes 8 Julio 2008 · Deja un comentario

I can hear so much in your sighs
And I can see so much in your eyes
There are words we both could say
But don’t talk, put your head on my shoulder

Come close, close your eyes and be still
Don’t talk, take my hand and let me hear your heart beat
Being here with you feels so right
We could live forever tonight
Lets not think about tomorrow
And don’t talk put your head on my shoulder

Come close, close your eyes and be still
Don’t talk, take my hand and listen to my heart beat
Listen, listen, listen.

Don’t talk, put your head on my shoulder
Don’t talk, close your eyes and be still
Don’t talk, put your head on my shoulder
Don’t talk, close your eyes and be still
Don’t talk, put your head on my shoulder

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EL ROMANCE DE LA VÍA LÁCTEA. Lafcadio Hearn.

Lunes 7 Julio 2008 · 9 comentarios

El gran dios del Firmamento tuvo una preciosa hija, Tanabata-Tsumé, que pasaba los días tejiendo vestidos para su augusto padre. Este trabajo le producía un gran encanto, y pensaba que, en el universo, el mayor placer que existía era el de tejer… Pero una vez, al ir a sentarse delante del telar, a la puerta de su celestial morada, vio a un bello joven campesino que, conduciendo a un buey, pasaba por allí, y se enamoró de él. Y sucedió que el augusto padre de Tanabata adivinó el secreto de su hija y le dio por marido al bello joven campesino. Pero los recién casados amantes se posesionaron tanto uno de otro, que descuidaron sus deberes hacia el gran dios del Firmamento. Ya no volvió a oírse el zumbido de la lanzadera, y el buey, abandonado, erraba tristemente por las llanuras del cielo. Esto disgustó al gran dios, y desunió a la pareja. Fueron condenados a vivir lejos uno de otro, con el Río Celestial por medio de ambos; pero les sería permitido reunirse una vez al año: la noche séptima del séptimo mes.
En esa noche, si el cielo estaba claro, los pájaros del cielo construían, con sus cuerpos y con sus alas, un puente sobre el río, por cuyo puente pasaban los enamorados. Si el tiempo era lluvioso, se ensanchaban tanto las márgenes del río, que no podía tenderse el puente. Por esta razón, no siempre les era dado el reunirse la noche séptima del mes séptimo. Y ocurrió alguna vez que, a causa del mal tiempo, estuvieron tres y cuatro años seguidos sin poderse abrazar. Pero su amor permanecía ¡nmortalmente joven y eternamente resignado. Y cumplían sus deberes respectivos sin el menor desliz, dichosos con la esperanza de poder reunirse la próxima noche séptima del próximo mes séptimo…

→ 9 comentariosCategorías: Cuentos

Donald’s Vacation, 1940

Domingo 6 Julio 2008 · Deja un comentario

→ Deja un ComentarioCategorías: Cartoons

Las Mil Noches y Una Noche

Sábado 5 Julio 2008 · 1 comentario

Cuando terminó la guerra de Troya, Odiseo puso rumbo a Ítaca. Pero a poco de partir se dio cuenta de que no tenía ninguna buena historia que contar a Penélope. Así que cambió el rumbo y se perdió por el mundo en busca de aventuras e historias asombrosas con que sorprender a su amada a su regreso.
En una ocasión arrivó a las tierras de Arabia y se hizo llamar Sahrigar. Se enamoró de una mala mujer que lo engañó y convirtió su corazón en piedra. Así que decidió vengarse de todas las mujeres. Cada día desposaba una doncella, la disfrutaba y, con las primeras luces del alba, ordenaba al verdugo que le cortara la cabeza.
Hasta que apareció Sherezada y le embaucó con sus historias. Tanto le fascinaban los cuentos que le narraba cada noche que se olvidó de todo. El mundo real dejó de existir y sus días se convirtieron en un dejar pasar las horas en espera de la llegada de la noche y del fantástico mundo al que Sherezada le llevaba. Allí podía vivir la más sorprendentes aventuras, los amores más apasionados, las más grandes hazañas.
Hay quien dice que a Sherezada nunca se le acababan las historias, que Sahrigar acabó perdidamente enamorado de ella y que vivieron felices y comieron perdices.
Pero la realidad es que al cabo de mil noches y una noche, Sherezada se quedó sin historias que contar. Así que Sahrigar despertó del encantamiento en el que vivía, ordenó al verdugo que cortara la cabeza de la bella embaucadora y puso por fin rumbo a Ítaca.
¡Ahora sí que tenía un montón de historias que contarle a Penélope!

→ 1 comentarioCategorías: Cuentos · Teatro

EL LAGO DE LOS CISNES: VALS. Piotr Ilich Tchaikovsky.

Viernes 4 Julio 2008 · 4 comentarios

→ 4 comentariosCategorías: Canciones

PEGASOS, LINDOS PEGASOS. Antonio Machado.

Jueves 3 Julio 2008 · 1 comentario


Carrusel D’Andrea

Tournez, tournez, chevaux de bois.

Verlaine


Pegasos, lindos pegasos,
caballitos de madera.
……………………………..
Yo conocí, siendo niño,
la alegría de dar vueltas
sobre un corcel colorado,
en una noche de fiesta.

En el aire polvoriento
chispeaban las candelas,
y la noche azul ardía
toda sembrada de estrellas.

¡Alegrías infantiles
que cuestan una moneda
de cobre, lindos pegasos,
caballitos de madera!

Carrusel Catimini

→ 1 comentarioCategorías: Juguetes · Rimas

EL TRÍO BUENAVENTURA. LA CASA AMARILLA. Corcal y Edith.

Miércoles 2 Julio 2008 · 1 comentario




→ 1 comentarioCategorías: Tebeos

Peticiones del Oyente: BIRTH OF THE BLUES. Sammy Davis Jr., Frank Sinatra, Dean Martin & Johnny Carson.

Martes 1 Julio 2008 · 3 comentarios

Oh they say some people long ago
Were searching for a different tune
One that they could croon as only they can

They heard the breeze in the trees
Singing weird melodies
And they made that the start of the blues

And from a jail came the wail
Of a down-hearted frail
And they played that as part of the blues

From a whippoorwill out on a hill
They took a new note
Pushed it through a horn till it was worn into a blue note

And then they nursed it, rehearsed it
and gave out the news
That the Southland gave birth to the blues

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