Capítulo IV
Un gran rosal se elevaba cerca de la entrada del jardín: las rosas en él eran blancas, pero había tres jardineros, pintándolas apresuradamente de rojo. Esto lo consideró Alicia algo muy curioso, y se acercó a observarlos, y justo al llegar oyó decir a uno de ellos: «¡Mira lo que haces, Cinco! ¡No sigas salpicándome así de pintura!»
«No pude evitarlo», dijo Cinco con tono malhumorado, «Siete me dio en el hombro.»
A lo cual Siete levantó la cabeza y dijo: «¡Eso es, Cinco! ¡Siempre echándole la culpa a los demás!»
«¡Tú mejor no hables!», dijo Cinco, «¡oí a la Reina decir ayer mismo que estaba pensando decapitarte!»
«¿Por qué fue?», dijo el que había hablado primero, «¡Eso no es asunto tuyo, Dos!», dijo Siete.
«¡Sí que es asunto suyo!», dijo Cinco, «y voy a decírselo: fue por llevarle bulbos de tulipán al cocinero en lugar de patatas.»
Siete tiró al suelo la brocha, y justo empezaba a decir: «¡Bueno! De todas las cosas injustas —», cuando sus ojos cayeron sobre Alicia, y se detuvo de repente; los demás se volvieron, y todos se descubrieron e hicieron una profunda reverencia.
«¿Querrían decirme, por favor», dijo Alicia tímidamente, «por qué están pintando esas rosas?»
Cinco y Siete miraron a Dos, pero nada dijeron: Dos empezó, en voz baja: «Porque, Señorita, el hecho es que éste debería haber sido un rosal rojo, y pusimos uno blanco por equivocación, y si la Reina fuera a descubrirlo, se nos cortaría a todos la cabeza.
Así que, ya ve, hacemos lo que podemos, antes de que venga, a —.» En este instante Cinco, que había estado mirando ansiosamente por el jardín exclamó: «¡La Reina! ¡La Reina!», y los tres jardineros inmediatamente se arrojaron de bruces con los rostros contra el suelo. Hubo un rumor de muchas pisadas, y Alicia se volvió, ansiosa de ver a la Reina.
Primero vinieron diez soldados llevando bastos, tenían todos la forma de los tres jardineros, planos y rectangulares, con las manos y los pies en las esquinas; a continuación los diez cortesanos; estaban todos adornados de oros, y marchaban de dos en dos, como hacían los soldados. Detrás llegaron los infantes Reales: había diez de ellos, y las criaturitas llegaron saltando alegremente, cogidos de la mano, por parejas: estaban todos adornados con corazones. A continuación llegaron los invitados, la mayor parte reyes y reinas, entre los cuales Alicia reconoció al conejo blanco: estaba hablando de un modo precipitado y nervioso, sonriendo a todo lo que decían, y pasó de largo sin reparar en ella. Luego siguió la Sota de Corazones, llevando la corona del Rey en un cojín, y, al final de todo este cortejo, llegaron EL REY Y LA REINA DE CORAZONES.
Cuando el cortejo llegó frente a Alicia, todos se detuvieron y la miraron, y la Reina dijo con severidad: «¿Quién es ésta?». Se lo dijo a la Sota de Corazones, quien tan sólo se inclinó y sonrió como respuesta.

«¡Idiota!», dijo la Reina, levantando la nariz, y le preguntó a Alicia: «¿Cómo te llamas?»
«Me llamo Alicia, para servir a su Majestad», dijo Alicia con resolución, porque pensó para sí: «¡Como que sólo son una baraja de cartas, no necesito tenerles miedo!»
«¿Quiénes son éstos?», dijo la Reina, señalando a los tres jardineros echados alrededor del rosal, porque, como estaban echados sobre sus caras, y el dibujo de la espalda era el mismo que el del resto de la baraja, no podía decir si eran jardineros, o soldados, o cortesanos, o tres de sus propios hijos.
«¿Cómo lo iba a saber yo?», dijo Alicia, asombrada de su propio atrevimiento, «no es asunto mío.»
La Reina volvióse roja de cólera, y, después de mirarla ferozmente un momento, arrancó a decir con una voz de trueno: «¡Que le corten la —.»
«¡Absurdo!», dijo Alicia, muy alto y decidida, y la Reina se calló.
El Rey puso la mano sobre su brazo, y dijo tímidamente: «¡Recuerda, querida!, ¡es sólo una niña!»
La Reina se apartó furiosamente de él, y le dijo a la Sota: «¡Dales la vuelta!»
La Sota lo hizo, muy cuidadosamente, con un pie.
«¡Arriba!», dijo la Reina, con una fuerte y estridente voz, y los tres jardineros inmediatamente se levantaron de un salto, y empezaron a hacerles reverencias al Rey, a la Reina, a los infantes Reales, y a todos los demás.
«¡Dejad eso!», chilló la Reina, «me mareáis.» Y entonces, volviéndose al rosal, avanzó: «¿Qué habéis estado haciendo aquí?»
«Con la venia de su Majestad», dijo Dos muy humildemente, doblando la rodilla conforme hablaba, «estábamos tratando de —.»
«¡Ya veo!», dijo la Reina, quien mientras tanto había estado examinando las rosas, «¡que les corten la cabeza!», y el cortejo siguió adelante, quedando detrás tres de los soldados para ejecutar a los tres desgraciados jardineros, que corrieron hacia Alicia buscando protección.
«¡No os decapitarán!», dijo Alicia, y se los metió en el bolsillo: los tres soldados desfilaron una vez a su alrededor, buscándolos, y entonces se marcharon en silencio tras los demás.
«¿Les cortaron la cabeza?», gritó la Reina.
«Sus cabezas han desaparecido», gritaron los soldados como respuesta, «¡con el permiso de su Majestad!»
«¡Bien!», gritó la Reina, «¿sabes jugar al croquet?»
Los soldados se quedaron callados, y miraron a Alicia, como quiera que la pregunta fue evidentemente dirigida a ella.
«¡Sí!», gritó Alicia al límite de su voz.
«¡Pues vamos!», rugió la Reina, y Alicia se unió al cortejo, preguntándose mucho qué pasaría después.
«¡Hace… hace un día muy bonito!», dijo una tímida vocecita: iba caminando junto al conejo blanco, que estaba ansiosamente asomado a su rostro.
«Mucho», dijo Alicia, «¿dónde está la Marquesa?»
«¡Calla, calla!», dijo el conejo en voz baja, «que va a oírte. La Reina es la Marquesa: ¿no lo sabías?»
«No, yo no», dijo Alicia, «¿de qué?»
«Reina de Corazones», dijo el conejo en un susurro, poniéndole la boca junto al oído, «y Marquesa de las Tortugas Artificiales.»
«¿Qué son?», dijo Alicia, pero no hubo tiempo de responder, porque habían llegado al campo de croquet, y la partida empezó inmediatamente.
Alicia pensó que nunca había visto un campo de croquet tan curioso en toda su vida: estaba todo lleno de crestas y surcos, las bolas eran erizos vivos, los mazos avestruces vivas, y los soldados tenían que doblarse, y quedarse de pies y manos, para hacer los arcos.

La mayor dificultad que Alicia encontró al principio fue arreglárselas con su avestruz: consiguió encajarle el cuerpo, con una cierta comodidad, bajo el brazo, con las patas colgando, pero, generalmente, justo al tenerle el cuello bien estirado, e ir a dar un golpe con la cabeza, se giraba, y la miraba a la cara, con tan perpleja expresión que no podía evitar romper a reír, y cuando le había bajado la cabeza e iba a empezar otra vez, era muy confuso encontrar que el erizo se había desenrollado, y estaba a punto de marcharse arrastrándose; aparte de todo esto, había generalmente una cresta o un surco en su camino, por donde fuera que quisiera mandar al erizo, y como los soldados doblados estaban siempre levantándose y marchándose a otras partes del campo. Alicia pronto llegó a la conclusión de que era un juego ciertamente muy difícil.

Los jugadores jugaban todos a la vez sin esperar su turno, y estaban todo el rato peleándose al límite de sus voces, y en pocos minutos la Reina tuvo un violento ataque de cólera, y se puso a dar pisotones y a gritar: «¡Que le corten la cabeza a éste!» o «¡que le corten la cabeza a ésta!», casi a cada momento. Todos aquellos a los que sentenció fueron detenidos por los soldados, que desde luego tenían que dejar de ser arcos para hacer esto, así que, al cabo de una hora o así, no quedaba ningún arco, y todos los jugadores, excepto el Rey, la Reina y Alicia, estaban detenidos, y bajo sentencia de ejecución.
Entonces la Reina terminó, completamente sin aliento, y dijo a Alicia: «¿Has visto a la Tortuga Artificial?»
«No», dijo Alicia, «ni siquiera sé lo que es una Tortuga Artificial.»
«Pues vamos», dijo la Reina, «y te contará su historia.» Al marcharse juntos, Alicia oyó al Rey decir en voz baja, a la concurrencia en general: «Estáis todos perdonados.»
«¡Vamos, eso es una buena cosa!», pensó Alicia, que se había sentido muy afligida por el número de ejecuciones que la Reina había ordenado.
Muy pronto llegaron junto a un Grifo, que yacía profundamente dormido al sol (si no sabes lo que es un Grifo, mira el dibujo): «¡Arriba, holgazán!», dijo la Reina, «y lleva a esta joven dama a ver a la Tortuga Artificial, y oír su historia. Debo volver para asistir a algunas ejecuciones que he ordenado», y se marchó, dejando a Alicia con el Grifo. A Alicia no le gustó del todo el aspecto de la criatura, pero en conjunto le pareció tan seguro quedarse como seguir a esa salvaje Reina, así que esperó.
El Grifo se incorporó y se frotó los ojos; entonces estuvo observando a la Reina hasta que se perdió de vista, y entonces se rió entre dientes: «¡Qué gracioso!», dijo el Grifo, medio para sí medio a Alicia.
«¿Qué es lo gracioso?», dijo Alicia.
«Pues ella», dijo el Grifo, «todo es fantasía suya, eso. Nunca ejecutan a nadie, ya sabes, ¡vamos!»
«Todo el mundo aquí dice ‘¡vamos!’», pensó Alicia, conforme caminaba lentamente tras el Grifo, «nunca antes había recibido así tantas órdenes en toda mi vida…, ¡nunca!»
No habían ido muy lejos antes de ver a la Tortuga Artificial en la distancia, sentada triste y sola sobre una pequeña repisa de roca, y, conforme se acercaban, Alicia pudo oírla suspirar como si el corazón se le fuera a partir. Se apiadó profundamente de ella: «¿Cuál es su dolor?», le preguntó al Grifo, y el Grifo contestó, casi con las mismas palabras de antes: «Todo es fantasía suya, eso, no tiene dolor alguno, ya sabes, ¡vamos!»
Así que llegaron a la Tortuga Artificial, que los miró con grandes ojos llenos de lágrimas, pero no dijo nada.
«Aquí esta joven dama», dijo el Grifo, «quiere conocer tu historia, eso quiere.»
«La contaré», dijo la Tortuga Artificial, con tono profundamente sepulcral, «siéntate, y no hables hasta que haya terminado.»
Así que se sentaron, y no se habló durante algunos minutos. Alicia pensó para sí: «No veo cómo pueda nunca terminar, si no empieza», pero esperó pacientemente.
«Una vez», dijo la Tortuga Artificial al fin, con un profundo suspiro, «yo era una Tortuga real.»
Estas palabras fueron seguidas de un larguísimo silencio, roto tan sólo por alguna exclamación ocasional por parte del Grifo de «¡hjckrrh!», y los constantes graves sollozos de la Tortuga Artificial. Alicia estuvo muy cerca de levantarse y decir: «¡Gracias, señor, por su interesante historia!», pero no puedo dejar de pensar que tenía que haber algo más, así que se quedó quieta y no dijo nada.
«Cuando éramos pequeños», la Tortuga Artificial prosiguió, más tranquila, aunque aún sollozando un poco por aquí y por allá, «íbamos a la escuela en el mar. El maestro era una vieja Tortuga… solíamos llamarlo Galápago…»
«¿Por qué le llamabais Galápago, si no lo era?», preguntó Alicia.
«Le llamábamos Galápago porque nos galapagaba», dijo la Tortuga Artificial airadamente, «¡pues sí que eres tonta!»
«Deberías avergonzarte de ti misma por hacer una pregunta tan sencilla», añadió el Grifo, y entonces ambos se sentaron en silencio y miraron a la pobre Alicia, que se sintió dispuesta a hundirse bajo tierra; al fin el Grifo le dijo a la Tortuga Artificial: «¡Sigue, viejo! ¡No te pases así el día!», y la Tortuga Artificial prosiguió con estas palabras:
«Tú puedes no haber vivido mucho bajo el mar…» («No he vivido», dijo Alicia), «y quizás incluso no te hayan presentado nunca una langosta…» (Alicia empezó a decir «yo una vez probé…», pero automáticamente se contuvo, y dijo: «No nunca» en su lugar), «¡así que no puedes tener ni idea qué cosa tan deliciosa es una Cuadrilla de Langostas!»
«No, ciertamente», dijo Alicia, «¿qué tipo de cosa es?»
«Cómo», dijo el Grifo, «se forma en línea a lo largo de la costa…»
«¡Dos líneas!», gritó la Tortuga Artificial, «focas, tortugas, salmones, y así… avanzáis dos veces…»
«¡Cada uno con una langosta como pareja!», gritó el Grifo.
«Por supuesto», dijo la Tortuga Artificial, «avanzáis dos veces, formáis las parejas…»
«Cambiáis de langosta, y os retiráis por el mismo orden…», interrumpió el Grifo.
«Entonces, ya sabes», continuó la Tortuga Artificial, «lanzáis las…»
«¡Las langostas!», vociferó el Grifo, dando un salto por el aire.
«Tan lejos al mar como podáis…»
«¡Nadad tras ellas!», chilló el Grifo.
«¡Dad un salto mortal en el mar!», gritó la Tortuga Artificial, brincando ferozmente.

«¡Cambiad de langosta otra vez!», ahuyó el Grifo al límite de su voz, «y entonces…»
«Eso es todo», dijo la Tortuga Artificial, bajando de repente la voz, y las dos criaturas, que habían estado saltando como locos todo el tiempo, se sentaron otra vez muy tristes y calladas, y miraron a Alicia.
«Tiene que ser un baile muy bonito», dijo Alicia tímidamente.
«¿Te gustaría verlo un poco?», dijo la Tortuga Artificial.
«Muchísimo, ciertamente», dijo Alicia.
«¡Ven, vamos a probar con la primera figura!», le dijo la Tortuga Artificial al Grifo, «podemos hacerlo sin langostas, ya sabes. ¿Quién va a cantar?»
«¡Oh, canta túl», dijo el Grifo, «he olvidado las palabras.»
Así que empezaron solemnemente a bailar alrededor y alrededor de Alicia, pisándole los pies cada dos por tres cuando se acercaban demasiado, y moviendo las patas delanteras para marcar el compás, mientras la Tortuga Artificial cantaba lenta y tristemente estas palabras:
«Bajo las aguas del mar
Hay langostas tan gordas como gordas pueda haber…
Les encanta bailar contigo y conmigo,
¡Mi dulce, mi dulce Salmón!»
El Grifo se le unió cantando el coro, que era:
«¡Sube Salmón! ¡Baja Salmón!
¡Vamos Salmón y tuerce la cola!
¡De todos los peces del mar
No hay como el Salmón ninguno tan bueno!»
«Gracias», dijo Alicia, sintiéndose muy contenta de que la figura hubiera terminado.
«¿Probamos con la segunda figura?», dijo el Grifo, «¿o preferirías una canción?»
«¡Oh, una canción, por favor!», replicó Alicia, tan vehementemente que el Grifo dijo en un tono más bien ofendido: «¡Hum!, ¡nada hay escrito sobre gustos! Cántale ‘Sopa de Tortuga Artificial’, ¡anda, viejo!»
La Tortuga Artificial suspiró profundamente, y empezó, con voz a veces ahogada por sollozos, a cantar esto:
«¡Buenísima sopa, tan rica y tan verde,
Esperando en caliente sopera!
¿Quién por tal delicia, no se rebajaría?
¡Sopa de la noche, buenísima Sopa!
¡Sopa de la noche, buenísima Sopa!
¡Buení… íísima Soo… oopa!
¡Buení… íísima Soo… oopa!
¡Soo… oopa de la no… o… oche,
Buenísima buenísima Sopa!
«¡El coro otra vez!», gritó el Grifo, y la Tortuga Artificial justo había empezado a repetirlo, cuando un grito de «¡Que empieza el juicio!» se oyó en la distancia.
«¡Vamos!», gritó el Grifo, y, tomando a Alicia de la mano, echó a correr, sin esperar al final de la canción.
«¿Qué juicio es?», jadeó Alicia al correr, pero el Grifo sólo contestó «¡vamos!», y más velozmente corría, y cada vez más débilmente llegaban, sostenidas por la brisa que los seguía, las melancólicas palabras:
«Soo… oopa de la no… o… oche,
¡Buenísima buenísima Sopa!»
El Rey y la Reina estaban sentados en su trono cuando llegaron, con una gran multitud congregada a su alrededor: la Sota estaba detenida, y ante el Rey estaba el conejo blanco, con una trompeta en una mano, y un rollo de pergamino en la otra.

«¡Heraldo!, ¡lee la acusación!», dijo el Rey.
A esto el conejo blanco sopló tres toques de trompeta, y entonces desenrolló el rollo de pergamino, y leyó como sigue:
«La Reina de Corazones hizo algunas tartas
Todas en un día de verano:
La Sota de Corazones robó aquellas tartas
¡Y las escondió en lugar lejano!»
«Ahora vamos a las pruebas», dijo el Rey, «y luego la sentencia.»
«¡No!», dijo la Reina, «¡primero la sentencia, y luego las pruebas!»
«¡Absurdo!», gritó Alicia, tan fuerte que todo el mundo dio un brinco, «¡la idea de poner primero la sentencia!»
«¡Cállate la boca!», dijo la Reina.
«¡No quiero!», dijo Alicia, «¡no sois más que una baraja de cartas! ¡A quién le importáis?»
En esto toda la baraja se levantó por los aires, y se echó volando sobre ella; dio un pequeño chillido de terror, e intentó rechazarlas, y se encontró echada en la ribera, con la cabeza en el regazo de su hermana, que dulcemente la cepillaba de algunas hojas que habían caído meciéndose desde los árboles a su cara.
«¡Despierta, Alicia querida!», dijo su hermana, «¡qué buen sueño tan largo has echado!»
«¡Oh, he tenido un sueño tan curioso!», dijo Alicia, y le contó a su hermana todas sus Aventuras Subterráneas, como las has leído, y cuando hubo terminado, su hermana la besó y dijo: «Fue un curioso sueño, querida, ciertamente! Pero ahora corre adentro a tomar el té: se está haciendo tarde.» Así que Alicia corrió, pensando mientras corría (como buenamente podía) qué maravilloso sueño había sido.
Pero su hermana se quedó allí sentada algún tiempo más, contemplando el sol poniente, y pensando en la pequeña Alicia y en sus Aventuras, hasta que, empezó ella también a soñar en cierto modo, y éste fue su sueño:
Vio una antigua ciudad, y un silencioso río serpenteando cerca de ella a través de la llanura, y subía corriente arriba deslizándose lentamente un bote con un alegre grupo de niños a bordo —podía oír sus voces y risas como una música sobre el agua— y entre ellos había otra pequeña Alicia, que estaba escuchando con relucientes ojos ilusionados un cuento que estaban contando, y ella escuchaba las palabras del cuento, y ¡ved!, era el sueño de su propia hermanita. Así que el bote discurría lentamente, bajo el reluciente día de verano, con su alegre tripulación y su música de voces y risas, hasta que pasó tras uno de los muchos recodos de la corriente, y ya no lo vio más.
Entonces pensó (como en un sueño a través del sueño, o así), cómo esta misma pequeña Alicia habría de ser, el día de mañana, toda una mujer; y cómo guardaría, a través de sus años maduros, el sencillo y amable corazón de su niñez, y cómo se reuniría entonces con sus niños pequeños, y pondría relucientes e ilusionados sus ojos con muchos cuentos maravillosos, quizás incluso con estas mismas aventuras de la pequeña Alicia de hace-tiempo; y cómo sentiría ella todas sus sencillas penas, y gozaría con todas sus sencillas alegrías, recordando su propia infancia, y los felices días de verano.

felices días de verano.
FIN