Club de Lectura: La felicidad de los ogros. Daniel Pennac.
Martes 6 Febrero 2007 · 11 comentarios
Dejamos el coche en doble fila, trepamos mis dos pisos como si nos persiguieran, nos arrojamos en mi catre como en un ued, nos arrancamos las ropas como si ardieran, sus dos pechos me estallaron en la cara, su boca se cerró sobre mí, la mía encontró el palpitante beso de su deseo maorí, nuestras manos galoparon en todas direcciones, acariciaron, amasaron, estrecharon, penetraron, nuestras piernas se enroscaron, nuestros muslos aprisionaron, nuestras mejillas, nuestros vientres y nuestros bíceps se endurecieron, los muelles del catre respondieron, los ecos de mi habitación también, y luego, de pronto, la soberbia cabeza leonada de tía Julia apareció por encima de la mescolanza, aureolada por su increíble melena, y su voz, pedregosa ahora, preguntó:
—¿Qué te pasa?
Respondí:
-Nada.
No me pasa nada. Absolutamente nada. Soy sólo un miserable molusco acurrucado entre sus dos valvas, que no quiere sacar la cabeza.
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-Soy Chivo Expiatorio, señor comisario.
El comisario de división Coudrier me lanza una mirada absolutamente vacía.
Le explico entonces que la función llamada de Control Técnico es absolutamente ficticia. Yo no controlo nada en absoluto, pues en la profusión de los mercaderes del templo nada es controlable. A menos que se multiplicaran por diez los efectivos de los controladores. Así pues, cuando aparece un cliente con una queja, me llaman a la oficina de Reclamaciones donde recibo una bronca absolutamente terrorífica. Mi trabajo consiste en sufrir aquel huracán de humillaciones, con aire tan contrito, tan extraviado, tan profundamente desesperado que, por regla general, el cliente retira su queja para no cargar su conciencia con mi suicidio, y todo termina amistosamente, con el menor perjuicio para el Almacén. Eso es. Me pagan para eso. Y bastante bien, por otra parte.
—Chivo Expiatorio…
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(Oigo la risa de Julia: «Nunca tendrás nada tuyo, Benjamin Malausséne, ni siquiera tus cóleras». Luego, con la noche un poco más avanzada: «Y ahora también yo te quiero. Como portaaviones, Benjamín. ¿Quieres ser mi portaaviones? De vez en cuando aterrizaré para llenar el depósito de sentidos». Aterriza, hermosa, y despega tan a menudo como quieras; yo, mientras, navego por tus aguas.)
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