1. La orilla del río

The River Bank. Arthur Rackham.
Durante toda la mañana el Topo estuvo haciendo la limpieza general de primavera de su casa. Primero con la escoba, después con el plumero, subiéndose a las escaleras, los bancos y las sillas. También utilizó un cepillo de enjalbegar y un cubo de albayalde. Al final consiguió llenarse de polvo los ojos y la garganta, salpicar de albayalde toda su piel y que la espalda y los brazos le doliesen bastante.
Mientras, en el aire, arriba y bajo tierra, se movía la primavera, penetrando, con todo su divino espíritu de descontento y anhelo, hasta la casa del Topo, pequeña y humilde. No es de extrañar que el Topo, de pronto, tirase el cepillo al suelo y dijese cosas como: «¡Qué latazo!» y «¡Ya estoy harto!» y también «¡Al diablo con la limpieza de primavera!», antes de salir disparado sin pensar siquiera en ponerse la chaqueta. Desde arriba algo lo llamaba imperiosamente. Corrió por un túnel empinado y pequeño que hacía las veces del camino empedrado por el que se llega a las residencias de los animales que viven más cerca del sol y del aire. Rascó, arañó, escarbó y excavó, y luego excavó de nuevo y escarbó y arañó y rascó con sus pequeñas garras, murmurando para sí: «¡Vamos arriba! ¡Vamos de una vez!». Al fin, ¡pop!, su hocico salió a la luz del sol. Un paso más y rodó por la tibia hierba de una gran pradera.
«Esto está bien -se dijo-. Esto es mejor que enjalbegar.»
El brillo del sol le picaba en la piel y una brisa suave acariciaba su frente. Después del encierro en el sótano, después de todo un invierno bajo tierra, el canto de los alegres pájaros resonaba en sus oídos embotados como un grito. Saltando sobre sus cuatro patitas, sintiendo la alegría de vivir y la delicia de estar envuelto por la primavera y sin tener ya que limpiar, continuó su paseo hasta el seto que había en el extremo opuesto.
-¡Deténgase! -dijo un viejo conejo que guardaba la entrada-. ¡Seis peniques por el privilegio de pasar por la carretera privada!
El conejo fue instantáneamente derribado por el impaciente y desdeñoso Topo, que trotaba a lo largo del seto, burlándose de los otros conejos que curioseaban desde sus madrigueras para saber la causa del alboroto.
-¡Salsa de cebolla! ¡Salsa de cebolla! -observó sarcástico; y se fue antes de que pudieran pensar en una respuesta totalmente satisfactoria.
Entonces los conejos empezaron a refunfuñar:
-¡Qué estúpido eres! ¿Por qué no le dijiste que…? ¿Y por qué no le dijiste tú que…? ¡Le hubieras recordado que…! -y así, como siempre, pero por supuesto ya era demasiado tarde, como suele suceder.
Todo parecía demasiado hermoso para ser real. Caminaba afanosamente de acá para allá a través de la pradera, a lo largo del seto y a través de los matorrales, encontrando en todas partes que los pájaros construían, las flores estaban en capullo, las hojas brotaban, y todo era feliz y bullía de actividad. En lugar de notar el pinchazo del remordimiento recordándole: «¡Al albayalde!», sólo sentía lo divertido que era ser el único bicho holgazán entre todos aquellos ocupados ciudadanos. Después de todo, lo mejor de las vacaciones sea acaso no tanto el que uno descanse, sino el ver cómo los demás trabajan.
Vagando a la ventura, llegó a la orilla de un caudaloso río. Pensó que su alegría era completa. Nunca en su vida había visto un río, ese brillante, sinuoso animal de cuerpo entero que, en alegre persecución, atrapaba las cosas con su glu-glu, para luego dejarlas entre risas, arrojándose sobre nuevos compañeros de juegos que escapaban y eran nuevamente retenidos. Todo era como un temblor y un estremecimiento: centelleos, destellos, chisporroteos, susurros y remolinos, parloteos y burbujeos. El Topo estaba embrujado, hechizado, fascinado. Trotaba por la orilla del río como trota uno de pequeño al lado de un adulto que le tiene embelesado con sus historias apasionantes. Al fin, cansado, se sentó en la orilla, mientras el río seguía contándole en retahila las mejores historias del mundo, venidas desde el corazón de la tierra para ser entregadas por fin al insaciable mar.
Sentado en la hierba, mirando hacia la otra orilla, su mirada descubrió, justo encima del borde del agua, un agujero oscuro. Distraído, empezó a pensar que aquello podía ser una vivienda simpática y abrigada para un animal con pocas exigencias y deseoso de una residencia a la orilla del río, por encima del nivel de la crecida, lejos del ruido y el polvo. Mientras miraba, algo pequeño y brillante parecía parpadear en el fondo del agujero, desapareciendo y volviendo a parpadear como una pequeña estrella. Difícilmente podía ser una estrella en tan extraña situación y era demasiado brillante y pequeño para ser una luciérnaga. De pronto, aquello le hizo un guiño, se definió como un ojo, y una pequeña cara empezó a perfilarse alrededor, como un marco alrededor de un cuadro.
Una carita pequeña y marrón, con bigotes.
Una cara seria y redonda, con el mismo brillante parpadeo que le había llamado la atención al principio.
Unas orejas pulcras y pequeñas y un pelo espeso y sedoso.
¡Era la Rata de Agua!
Los dos animales, cautelosos, se observaron uno al otro.
-¡Hola, Topo! -dijo la Rata de Agua.
-¡Hola, Rata! -dijo el Topo.
-¿Te gustaría venir aquí? -preguntó la Rata.
-¡Oh, eso es fácil decirlo! -dijo el Topo, un poco malhumorado, ya que era nuevo en el río, en la vida del río y en sus costumbres.
La Rata no dijo nada, pero, inclinándose, desató un cabo y, tirando de él, saltó ágilmente dentro de un pequeño bote que el Topo no había visto. El bote estaba pintado de azul por fuera y de blanco por dentro y era del tamaño justo para dos animales. El corazón del Topo, aunque no entendía muy bien su utilidad, se fue en seguida tras él.
La Rata remó diestra hasta la otra orilla y allí atracó. Luego extendió su pata delantera, mientras el Topo bajaba cauteloso.
-¡Apóyate aquí -le dijo-. ¡Ahora, salta rápido! -y el Topo, sorprendido y encantado, se encontró con la popa de un ver-dadero bote.
-Es un día maravilloso -dijo, mientras la Rata cogía los remos de nuevo-. ¿Sabes? Nunca en mi vida había estado en un bote.
-¿Qué? -gritó la Rata, boquiabierta-. Nunca habías estado en un… tú nunca… Bien… Yo… ¿Qué has estado haciendo entonces?
-¿Es que es tan bueno? -preguntó el Topo tímidamente, aunque dispuesto a creérselo, mientras se recostaba en su asiento e inspeccionaba los cojines, los remos, las chumaceras, y todos los fascinantes accesorios y sentía el suave balanceo del bote.
-¿Bueno? Es lo único -dijo la Rata, muy solemne, mientras empezaba a remar-. Créeme, joven amigo, no hay nada, absolutamente nada, que valga ni la mitad de lo que significa simplemente trajinar con un bote. Simplemente navegar… -continuó como en las nubes- enredar… navegar… entretenerse.
-¡Mira hacia adelante, Rata! -gritó de pronto el Topo.
Demasiado tarde. El bote chocó contra un banco de arena. La soñadora y jubilosa barquera yacía tendida en el fondo del bote, patas arriba.
-… navegar en un bote… o enredar con él… -siguió la Rata con calma, rehaciéndose con una agradable carcajada-. Dentro o fuera de ellos, no importa. Nada parece realmente importar, ése es su encanto. Lo mismo da que te vayas o no, que llegues a tu destino o a cualquier sitio, o que nunca llegues a ninguna parte: siempre estás ocupado y nunca haces nada en particular, y cuando ya lo has hecho, siempre hay algo más que hacer y puedes hacerlo si quieres, pero mejor si no lo haces. ¡Mira! Si realmente no tienes nada que hacer esta mañana, ¿qué tal si nos vamos juntos río abajo y disfrutamos de un largo y hermoso día?
Al Topo le rebullían los dedos de pura felicidad. Ensanchó el pecho con un suspiro de contento y se recostó con deleite en los suaves cojines.
-¡Cómo me lo estoy pasando! -dijo-. ¡Vamonos ahora mismo!
-¡Entonces aguarda un minuto! -dijo la Rata.
Ató la amarra a una argolla del embarcadero, trepó a su agujero y poco después reapareció tambaleándose bajo el peso de una enorme cesta de mimbre con el almuerzo.
-¡Empuja eso debajo de tus pies! -le dijo al Topo, al tiempo que metía la cesta en el bote. Soltó la amarra y empezó a remar.
-¿Qué hay dentro? -preguntó el Topo, retorciéndose de curiosidad.
-Dentro hay pollo frío -replicó brevemente la Rata-; lenguafríajamónterneraenfiambrepepinillosenvinagreensaladapanecillos
berroscarneenconservacervezadejengibrelimonadasoda…
-¡Oh, para, para! -gritó el Topo extasiado-. Esto es demasiado.
-¿De verdad lo crees? -preguntó la Rata, muy seria-. Es lo que suelo llevar en estas pequeñas excursiones. Los otros animales me dicen que soy una bestia tacaña y que me quedo muy corta.
El Topo no escuchaba ni una palabra. Absorto en la vida nueva que estaba descubriendo, embriagado con el brillo, los susurros, los aromas y los sonidos y la luz del sol, arrastraba una pata por el agua y soñaba despierto. La Rata de Agua, que era una buenaza, siguió remando y se abstuvo de interrumpirlo.
-Tu traje me gusta terriblemente, amigo -comentó después que hubo pasado una media hora-. Algún día, en cuanto pueda, voy a comprarme un esmoquin de terciopelo negro.
-Perdona -dijo el Topo, reanimándose con un esfuerzo-. Pensarás que soy un grosero, pero todo esto es nuevo para mí. ¡Así… que… esto… es… un río!
-El Río -corrigió la Rata.
-¿Y realmente vives junto al río? ¡Qué vida más divertida!
-Junto a él, y con él, y encima de él, y dentro de él -dijo la Rata-. Es mi hermano y mi hermana, tías, familiares, comida, bebida y (naturalmente) lavado. Es mi mundo y no quiero ningún otro. Lo que él no tiene, no merece la pena tenerse y lo que él no sabe, no merece la pena saberse. ¡Dios, lo que nos hemos divertido juntos! Sea invierno o verano, primavera u otoño, es siempre divertido y emocionante. Cuando vienen las crecidas de febrero y mis sótanos y bodega rebosan de un líquido que no es bueno para mí, y las oscuras aguas corren por delante de la ventana de mi dormitorio; o luego, cuando todo remite y aparecen pedazos de barro que huelen a bizcocho de frutas, y los juncos y hierbas atascan los canales, y puedo pasar a pie enjuto sobre el lecho del río, y encontrar comida fresca para comer y cosas que la gente descuidada ha dejado caer de sus botes.
-¿No es un poco aburrido a veces? -se atrevió a preguntar el Topo-. ¿Sólo tú y el río y nadie más con quien cambiar una palabra?
-Nadie más… Bueno… -dijo la Rata con paciencia-. Eres nuevo aquí y, por supuesto, no sabes. La orilla está actualmente tan concurrida que muchos tienen que mudarse. ¡Oh, no, no es en absoluto lo que era antes! Nutrias, martines pescadores, somorgujos, pollas de agua, todos ellos por todas partes todo el día y siempre queriendo que hagas algo, como si uno no tuviera que atender sus propios asuntos.
-¿Qué hay allí? -preguntó el Topo, agitando una pata en dirección a un oscuro arbolado que enmarcaba las vegas en un lado del río.
-¿Eso? ¡Oh, eso es sólo el Bosque Salvaje! -dijo la Rata-. Los de la orilla del río no vamos mucho por ahí.
-¿No son… no son muy simpáticos los que viven allí? -dijo el Topo, un poco nervioso.
-B-u-e-n-o -replicó la Rata-, ¿cómo te lo diría? Las ardillas están bien. Y los conejos (algunos de ellos). Los conejos son un grupo variado. Y luego está el Tejón, por supuesto. Vive en el corazón del bosque y, aunque le pagaran, no viviría en ningún otro sitio. ¡Querido viejo Tejón! Nadie se mete con él. Y mejor que no lo hagan -añadió significativamente.
-¿Por qué? ¿Y quién iba a meterse con él? -preguntó el Topo.
-Bien, por supuesto, hay otros -explicó la Rata, titubeando un tanto-. Comadrejas, armiños, zorros y gente de ésa. Todos están bien, a su manera. Yo soy muy amigo de todos ellos. Nos saludamos si nos vemos de casualidad y todo eso. Pero a veces atacan, no hay que negarlo, y entonces… bueno, no puedes realmente confiar en ellos, las cosas como son.
El Topo sabía muy bien que va contra la etiqueta animal explayarse sobre posibles problemas venideros, ni tan siquiera aludirlos, así que abandonó el tema.
-¿Y más allá del Bosque Salvaje? -preguntó-. Allá donde todo es azul y difuso y se ve algo que parecen colinas (o quizás no) y algo como el humo de ciudades, ¿o es que son sólo nubes?
-Más allá del Bosque Salvaje está el Ancho Mundo -dijo la Rata-. Y eso es algo que no nos importa, ni a ti ni a mí. Nunca he estado allí y no pienso ir nunca. Ni tú tampoco, si tienes algo de sentido común. No vuelvas ni siquiera a mencionarlo, por favor. Bueno, ya hemos llegado al remanso donde vamos a almorzar.
Dejando el curso principal del río, llegaron a lo que a primera vista parecía un lago incrustado en la tierra. A ambos lados crecía un césped verde y pardas raíces tortuosas relucían por debajo de la tranquila superficie del agua. Delante de ellos, la plateada y espumosa cascada de una presa, junto al incansable girar de una rueda de moler, sobre la que se levantaba un molino de tejado gris, llenaba el aire de un reconfortante susurro, sordo y sofocado, mezclado con otros sonidos alegres y claros. Era tan hermoso todo que el Topo, con las patas delanteras levantadas, musitaba:
-¡Caramba! ¡Caramba! ¡Caramba!
La Rata atrajo el bote hacia la orilla y, amarrándolo, ayudó al aún desmañado Topo a saltar a tierra. Luego cogió la cesta del almuerzo. El Topo le pidió que le permitiera vaciar la cesta, y la Rata estuvo más que dispuesta a complacerlo. Se tumbó boca arriba en el césped, a descansar, mientras su emocionado amigo desplegaba el mantel, sacaba misteriosos paquetes, uno a uno, y colocaba su contenido en orden, mientras seguía musitando: «¡Caramba! ¡Caramba!», ante cada nuevo descubrimiento. Cuando todo estuvo listo, la Rata dijo:
-Anda, hombre, empieza.
Y el Topo obedeció muy contento, ya que se había puesto de limpieza general muy temprano, como se debe hacer, y no se había detenido a tomar ni un bocadillo ni un trago.
-¿Qué miras? -dijo la Rata, cuando ya habían saciado su hambre y los ojos del Topo podían mirar más allá del mantel.
-Miro -dijo el Topo- una raya de burbujas que se mueve por la superficie del agua. Me parece una cosa muy rara.
-¿Burbujas? ¡Eh! -dijo la Rata, chirriando de forma incitante y con alegría.
Un hocico ancho y brillante apareció en la orilla. Era la Nutria, que salió sacudiéndose el agua de su abrigo.
-¡Miserables glotones! -observó encaminándose hacia la cesta-. ¿Por qué no me invitaste, Rati?
-Ha sido una cosa improvisada -explicó la Rata-. A propósito: mi amigo el Topo.
-Encantada de conocerle -dijo la Nutria; y los dos animales se hicieron amigos en seguida.
-¡Qué revuelo hay por todas partes! -continuó la Nutria-. Todo el mundo parece haber salido hoy al río. Vine a este remanso tratando de encontrar un poco de paz y no hago sino tropezar con vosotros. Perdón… no he querido decir eso, creedme.
Hubo un crujido detrás de ellos. Provenía de un seto donde aún se adherían espesas las hojas del año anterior. Una cabeza a rayas sobre unos anchos hombros los atisbaba curiosa.
-¡Ven, viejo Tejón! -gritó la Rata.
El Tejón trotó uno o dos pasos hacia adelante; luego gruñó:
-Ejem, visitas -y volviendo la espalda, desapareció.
-¡Ésa es exactamente la clase de tipo que es! -observó la Rata, desilusionada-. Simplemente odia la vida social. Ahora no volveremos a verlo en todo el día. Bien, dinos quién ha salido al río.
-El Sapo, para empezar, en su recién estrenada yola. ¡Ropa nueva, todo nuevo! -dijo la Nutria.
Los dos animales se miraron entre sí y rieron.
-Antes no había nada mejor que navegar a vela -dijo la Rata-. Luego se cansó de ello y se aficionó a la batea. Nada le gustaba más que pasear en una batea todo el día, y todos los días organizaba líos. El año pasado fue el bote-vivienda y to-dos tuvimos que ir a quedarnos con él en su bote-vivienda y decir que nos gustaba. Iba a pasar el resto de su vida en el bote-vivienda. Es siempre igual, todo lo empieza… se cansa en seguida y emprende algo nuevo.
-Es un buen chico -dijo la Nutria-, pero carente de esta-bilidad, sobre todo en un bote.
Desde donde estaban sentados podían entrever la corriente principal a través de la isla que los separaba y justo en ese momento la yola saltó a la vista; el remero (una figura pequeña y maciza, que salpicaba de mala manera y se balanceaba mucho) trabajaba duro. La Rata se levantó y lo saludó, pero el Sapo -que era el remero- meneó la cabeza y se aplicó con intensidad a su trabajo.
-Si se balancea de ese modo estará fuera del bote en un minuto -dijo la Rata volviendo a sentarse.
-Por supuesto que se caerá -se rió la Nutria-. ¿Te conté alguna vez aquella historia del Sapo y el esclusero? Sucedió así: el Sapo…
Una efímera errante giraba inquieta a través de la corriente, de esa forma embriagadora y afectada que tienen las jóvenes efímeras al descubrir la Vida. Un remolino de agua -glup-, y la Efímera desapareció.
También desapareció la Nutria.
El Topo miró hacia abajo. La voz de la Nutria resonaba aún en sus oídos, pero no se veía nutria alguna en el horizonte.
De nuevo apareció una raya de burbujas en la superficie del río.
La Rata tarareó una canción y el Topo recordó que la etiqueta animal prohibe cualquier tipo de comentario sobre la repentina desaparición de un amigo, en cualquier momento, por cualquier razón, o sin razón alguna.
-Bien, bien -dijo la Rata-. Supongo que debemos irnos. Me pregunto cuál de nosotros debería ir llenando la cesta del almuerzo. -Ella no parecía terriblemente ansiosa por hacerlo.
-¡Oh, por favor!, déjame a mí -dijo el Topo.
Así que, por supuesto, la Rata lo dejó.
Empaquetar la cesta no fue un trabajo tan placentero como desempaquetarla. Nunca lo es. Pero el Topo estaba dispuesto a disfrutar con todo y, aunque justo cuando ya tenía la cesta llena y fuertemente atada vio un plato mirándolo desde el césped y, cuando creía haber terminado, la Rata señaló un tenedor que nadie parecía haber visto, y por último, ¡fijaos!, el bote de la mostaza sobre el que había estado sentado sin saberlo, a pesar de todo la cosa quedó finalmente terminada, sin mucha pérdida de humor.
Caía el sol de la tarde mientras la Rata remaba, gentil y distraída, hacia casa, murmurando poemas, sin prestar demasiada atención al Topo. Pero el Topo estaba lleno de comida, satisfacción y orgullo y, sintiéndose en el bote como en su casa (o así por lo menos lo creía), empezó a inquietarse. Al poco rato le dijo:
-¡Rati, por favor, ahora quiero remar yo!
La Rata sacudió la cabeza con una sonrisa.
-Aún no, mi joven amigo -le dijo-, espera hasta haber tenido unas cuantas lecciones. No es tan fácil como parece.
El Topo se quedó tranquilo un minuto o dos. Pero empezó a sentirse cada vez más celoso de la Rata, que remaba todo el tiempo tan fuerte y con tanta facilidad; y su orgullo empezó a susurrarle que podría hacerlo tan bien como ella. De repente saltó y cogió los remos. La Rata, que recitaba sus poemas mirando al río, fue tomada por sorpresa y cayó hacia atrás otra vez, con las patas por el aire, mientras el Topo, triunfante, ocupaba su lugar y, lleno de entusiasmo, intentaba remar.
-Espera, pedazo de tonto -le gritó la Rata, desde el fondo del bote-. ¡No puedes hacerlo! ¡Volcaremos!
El Topo echó triunfalmente los remos hacia atrás, lanzándolos con fuerza sobre el agua. Falló lamentablemente. Sus piernas volaron por encima de su cabeza y cayó encima de la postrada Rata. Alarmado, se cogió a un lado del bote y al minuto siguiente: ¡Plaf!
El bote se volcó y el Topo se encontró luchando con el agua.
¡Oh, Dios, qué fría estaba el agua! y ¡Dios, qué mojada la encontraba! ¡Cómo cantaba en sus oídos mientras iba hacia abajo, abajo, abajo! ¡Qué brillante y reconfortante lucía el sol cuando el Topo se levantaba hasta la superficie tosiendo y balbuceando! ¡Qué negra su desesperación cuando se sentía hundirse de nuevo! En ese momento una garra lo cogió con fuerza por detrás del cuello. Era la Rata que, evidentemente, se reía. El Topo sintió que la risa le bajaba a la Rata por el brazo, por la garra, ¡hasta llegarle a él al cuello!
La Rata consiguió coger un remo y lo colocó debajo del brazo del Topo; hizo lo mismo por el otro lado y, nadando por detrás, empujó al desamparado animal hacia la orilla, lo sacó fuera y lo acomodó sobre la hierba convertido en una húmeda, pulposa, informe masa de miseria.
Cuando la Rata lo hubo friccionado y sacudido un poco, le dijo:
-Bien, ahora, amigo mío, trota arriba y abajo por el camino de sirga, trota tanto como puedas, hasta que estés seco y caliente de nuevo. Mientras, yo trataré de recuperar la cesta del almuerzo.
Y así, el abatido Topo, mojado por fuera y avergonzado por dentro, trotó hasta que estuvo más o menos seco. Mientras, la Rata se zambullía de nuevo en el agua, recuperaba el bote y, poco a poco, traía hacia la orilla su flotante propiedad. Finalmente se zambulló una vez más en busca de la cesta del almuerzo y luchó hasta conseguir llevarla a tierra.
Cuando emprendieron de nuevo el viaje, el Topo, lánguido y abatido, tomó asiento en la popa del bote, y dijo en voz baja, quebrada por la emoción:
-Rati, mi generosa amiga, estoy terriblemente apenado por mi conducta tan tonta y desagradecida. Mi corazón desfallece cuando pienso que podía haberse perdido esa hermosa cesta de mimbre. Sin duda he sido un completo imbécil, lo reconozco. ¿Podrías pasarlo por alto esta vez y perdonarme y dejar las cosas como antes?
-¡Anda ya! ¡No te preocupes! -respondió la Rata alegre-mente-. ¿Qué es un poco de humedad para la Rata de Agua? Yo muchos días suelo estar más tiempo dentro que fuera del agua. Ahora no pienses más en ello y, mira: creo que deberías quedarte conmigo una temporada. Mi casa es sencilla, quizá rudimentaria, ¿sabes? No es en absoluto como la casa del Sapo. Aún no la has visto, pero creo que te puedo hacer sentir a gusto en ella. Y te enseñaré a remar, a nadar, y pronto estarás en el agua tan seguro como cualquiera de nosotros.
El Topo, conmovido por esta oferta tan generosa, no encontró palabras para contestarle. Tuvo que secarse una o dos lágrimas con el dorso de su pata. Pero la Rata tuvo la delicadeza de mirar en otra dirección. Al poco rato el Topo iba ya tan animado y fue capaz y todo de responder con firmeza a un par de pollas de agua que se reían con disimulo de su mojada apariencia.
Al llegar a casa, la Rata preparó un brillante fuego en el salón. Cogió una bata y unas zapatillas y colocó al Topo en una mecedora enfrente de la chimenea y, hasta la hora de la cena, le estuvo contando historias del río. Eran historias muy emocionantes para un animal habitante de la Tierra como el Topo. Historias acerca de presas y repentinas inundaciones, de lucios saltarines, y de barcos de vapor que tiraban botellas vacías -por lo menos eran botellas lo que tiraban desde los barcos de vapor y, presumiblemente, eran ellos los que las tiraban-, y de garzas y de lo especiales que eran cuando se les hablaba; de aventuras en los desaguaderos; de pesca nocturna con la Nutria o de excursiones muy lejos con el Tejón. La cena fue de lo más alegre, pero muy pronto el Topo se sintió terriblemente soñoliento. Su considerado anfitrión lo acompañó al piso de arriba, al mejor dormitorio. El Topo, lleno de paz y contento, apoyó la cabeza en la almohada, sabiendo que su nuevo amigo, el Río, chapaleaba en el alféizar de la ventana.
Para el liberado Topo éste fue sólo el primero de muchos días felices, cada uno más largo y más lleno de interés según avanzaba el verano. Aprendió a nadar, a remar, y se metió en la alegría de las corrientes y, con el oído en los tallos de los juncos, escuchaba a veces algo de lo que el viento susurraba sin cesar entre ellos.
17 respuestas hasta el momento ↓
Isabel // Martes 4 Septiembre 2007 a 12:40 pm
¿Te parece una primavera, al menos, aceptable???????
Tio Dok // Miércoles 5 Septiembre 2007 a 9:21 am
ums..
¡Si!
Joel,
¡como me gusta este libro!
y la ediciópn de Valdemar
y cuando me contaste lo que les gustaba a tu grey la susodicha
y las láminas
y el tebeo
…
jops
y mi ejemplar con una hojita un algo resentida
ays
Isabel // Miércoles 5 Septiembre 2007 a 10:31 am
y todos los pies de las ilustraciones cambiados…
L. aún tiene en su habitación el poster que venía con el tebeo
Para ella siempre será el Cuento de Don Sapo
..
jops
es que es un cuento precioso, precioso….
Tio Dok // Miércoles 5 Septiembre 2007 a 12:41 pm
Ums,
además la versión en tebeo iba en pack con la de la dama y el vagabundo en western
ums,
siempre te ha encnatado “El Viento…”
y te encantaba que encantase a tu grey
y descubrirselo en una feria del libro
Isabel // Miércoles 5 Septiembre 2007 a 12:51 pm
No
para la feria ya lo habíamos acabado
pero acababa de salir la edición de Valdemar
y nos lo llevamos para ver las ilustraciones de Rackham
y, después, llevartelo a tú!!!!
Y sí
me encanta ese cuento
y creo que cada vez me encanta más
recuerdo que cuando empecé a leerselo a los chicos, L era pequeña y no estaba muy segura de si le iba a gustar un cuento tan largo, y tan lento, porque es como que no pasa nada (que sí pasa), pero no hay grandes aventuas, como en Alicia, ni en Peter……
A cambio tampoco hay malos rollos!!!
Jops
y fue a la q más le encantó
y a mí me encantó que la encantase….
…
y sí

iba con la versión western de la dama y el vagabundo
Menuda carrera hasta el Arte 9!!!
Tio Dok // Miércoles 5 Septiembre 2007 a 12:53 pm
¡aja!
Y llegamos a tiempo
¡Como siempre!
Tio Dok // Miércoles 5 Septiembre 2007 a 12:54 pm
Ums
y te encantaba ver como reconocían los personajes en las láminas
y sus diferentes interpretaciones
Isabel // Miércoles 5 Septiembre 2007 a 12:59 pm
sip
y me encanta que todo este tiempo después sigan recordando a Don Sapo
Tio Dok // Miércoles 5 Septiembre 2007 a 1:02 pm
sips
siempre has hablado encantada de ese libro
ums
da serenidad
es de primavera calurosa y pegajosa
es de días en los que todo sale bien
es muy tu cuando estas”noexactamentewatchingthewheels”
¡stas muy guapa esos dias!
Isabel // Miércoles 5 Septiembre 2007 a 1:16 pm
Perdone caballero
pero yo estoy muy guapa siempre
de hecho, hoy estoy guapísisima
Tio Dok // Miércoles 5 Septiembre 2007 a 1:20 pm
no, no
dije wapa
no wenorra o warra
wenorra lo estas siempre
pq te es inevitable
warra tb lo estas siempre
pq siempre te apetece
pero wapa no tantas veces
y felicicisisima
(que te hacer estar wapisisisma) menos aún
Isabel // Miércoles 5 Septiembre 2007 a 1:28 pm
¿cómo puedes estar tan seguro, si no me ves????
Tio Dok // Miércoles 5 Septiembre 2007 a 1:31 pm
uh!
Tokado!
¿donde te podría ver para realizar la comprobación?
Isabel // Miércoles 5 Septiembre 2007 a 1:42 pm
donde más os guste, Milord, como siempre
Tio Dok // Miércoles 5 Septiembre 2007 a 1:46 pm
En Manderley
por ahíq ueda dicho
pero wapa como yo digo es mu dificil
es cuando estas superdumperplena
una cosa así como el sapo escarallandose con los cacharritos solo por el palcer de escarallarse; o no, mejor como yotsuba dando girasolazos al viento y a los grillos
o así
así es como se supone en mis gui
Tio Dok // Miércoles 5 Septiembre 2007 a 1:47 pm
así es como se supone en mis guiones perfectos con su final feliz y todo que deberías estar full-time, non -stop
he dixo
Isabel // Miércoles 5 Septiembre 2007 a 2:02 pm
ays…
tú y tus guiones!!!!!!!
PESAO!!!!!
(pero ya me dirás, ya me dirás, si estoy guapa o no…..)