…en la valla…

Entradas de Enero 2008

La respuesta a Encantada

Jueves 31 Enero 2008 · 2 comentarios

………… pero si REINAS

REALEZA

Una hermosa mañana, en un pueblo muy amable, un hombre y una mujer soberbios gritaban en la plaza pública. “¡Amigos míos, quiero que sea reina!” “Quiero ser reina”.
Ella reía y temblaba. Él hablaba a los amigos de revelación, de prueba terminada. Se extasiaban el uno junto al otro.
De hecho fueron reyes toda una mañana en que las colgaduras carmesíes se desplegaron en las casas, y toda la tarde, en que juntos avanzaron hacia los jardines de palmas.

.

He tendido cuerdas de campanario a campanario; guirnaldas de ventana a ventana; cadenas de oro de estrella a estrella,
y bailo.

Categorías: Cuentos · Rimas

SI TODOS FOSSEM IGUAIS A VOCÊ. Vinicius de Moraes.

Jueves 31 Enero 2008 · 4 comentarios

Vai tua vida
Teu caminho é de paz e amor
A tua vida
É uma linda canção de amor
Abre teus braços e canta a última esperança
A esperança divina de amar em paz

Se todos fossem iguais a você
Que maravilha viver
Uma canção pelo ar
Uma mulher a cantar
Uma cidade a cantar
A sorrir, a cantar, a pedir
A beleza de amar
Como o sol, como a flor, como a luz
Amar sem mentir, nem sofrer
Existiria a verdade
Verdade que ninguém vê
Se todos fossem no mundo iguais a você

Categorías: Canciones

Un regalo de Reyes

Jueves 31 Enero 2008 · 6 comentarios

Categorías: Canciones

De Viva Voz: EN LAS NUBES. Ian McEwan.

Martes 29 Enero 2008 · Dejar un comentario

PETER FORTUNE

Cuando Peter Fortune tenía diez años, algunos adultos le decían a veces que era un niño «difícil». Nunca comprendió lo que querían decir. Él no se consideraba en absoluto difícil. No estrellaba las botellas de leche contra el muro del jardín, ni se echaba salsa de tomate en la cabeza y fingía que sangraba, ni le golpeaba los tobillos a la abuela con la espada, aunque de vez en cuando se le ocurrieran esas ideas. A excepción de todas las verduras menos las patatas, el pescado, los huevos y el queso, comía de todo. No era más ruidoso, sucio o tonto que ninguna de las personas que conocía. Su nombre era fácil de pronunciar y deletrear. Su cara, pálida y pecosa, era bastante fácil de recordar. Iba a la escuela todos los días como los demás niños y nunca armó demasiado escándalo por eso. Con su hermana no era más insoportable de lo que ella lo era con él. Nunca la policía llamó a la puerta con intención de detenerlo. Nunca unos médicos vestidos de blanco quisieron llevárselo al manicomio. En opinión de Peter, él era de lo más fácil. ¿Qué tenía de difícil?
Peter lo comprendió por fin cuando ya hacía años que era adulto. Creían que era difícil por lo callado que era. Eso parecía preocupar a la gente. El otro problema era que le gustaba estar solo. No siempre, claro. Ni siquiera todos los días. Pero la mayoría de los días le gustaba quedarse a solas durante una hora en algún sitio, en su habitación o en el parque. Le gustaba estar solo y pensar en sus cosas.
Ahora bien, a los adultos les gusta creer que saben lo que pasa por la cabeza de un niño de diez años. Y es imposible saber lo que alguien está pensando si esa persona no lo cuenta. La gente veía a Peter tumbado de espaldas alguna tarde de verano, mascando una brizna de hierba y mirando el cielo. «¡Peter, Peter! ¿En qué estás pensando?», le gritaban. Y Peter se incorporaba sobresaltado. «Oh, en nada. En nada.» Los adultos sabían que algo ocurría en el interior de esa cabeza, pero no podían oírlo, ni verlo ni sentirlo. No podían decirle a Peter que parara porque no sabían lo que estaba haciendo. Habría podido estar incendiando la escuela, tirando a su hermana a los cocodrilos o huyendo en globo, pero lo único que veían era un niño mirando el cielo azul sin pestañear, un niño que no oía cuando lo llamaban por su nombre.
En cuanto a lo de estar solo, eso tampoco les gustaba demasiado a los adultos. Ni siquiera les gusta que otros adultos estén solos. Cuando te juntas con otros, la gente ve lo que estás haciendo. Estás haciendo lo que ellos están haciendo. Peter tenía ideas diferentes. Juntarse con los demás estaba muy bien, en su momento. Pero sin exagerar. En realidad, pensaba, si la gente dedicara menos tiempo a juntarse y a hacer que los demás se juntaran y dedicara un poco más de tiempo al día a recordar quiénes eran o quiénes podrían ser, el mundo sería un lugar mucho más feliz y quizá nunca habría guerras.
En la escuela, dejaba a menudo su cuerpo sentado en el pupitre mientras su mente se perdía en las nubes. Incluso en casa, tener la cabeza en las nubes lo metía a veces en líos. Una Navidad, el padre de Peter, Thomas Fortune, estaba colgando adornos en la sala. Era algo que odiaba. Siempre lo ponía de mal humor. Había decidido colocar serpentinas en un rincón. Pues bien, en ese rincón había un sillón y en el sillón, sin hacer nada en concreto, estaba Peter.
—No te muevas, Peter —dijo Thomas Fortune-. Voy a subirme al respaldo del sillón para colgar esto ahí arriba.
-Muy bien -dijo Peter-. Adelante.
Thomas Fortune se subió al sillón, y Peter siguió sumido en sus pensamientos. Parecía que no estuviera haciendo nada, pero en realidad estaba muy ocupado. Estaba inventando un divertido sistema para bajar a toda prisa de una montaña utilizando una percha y un cable tensado entre dos pinos. Siguió pensando en ese problema mientras su padre permanecía de pie en lo alto del sillón, haciendo grandes esfuerzos y soltando bufidos en su intento de llegar hasta el techo. ¿Cómo podría uno deslizarse, se preguntó Peter, sin chocar contra el árbol en el que estaba amarrado el cable?
Fue quizá el aire de la montaña lo que le hizo recordar que tenía hambre. En la cocina había un paquete de galletas de chocolate sin abrir. Era una lástima seguir despreciándolas. Al levantarse, oyó un tremendo estrépito a su espalda. Peter se dio la vuelta a tiempo para ver a su padre cayendo de cabeza en el hueco que había entre el sillón y el rincón. Luego Thomas Fortune reapareció, de nuevo con la cabeza por delante y un aspecto de parecer dispuesto a cortar a Peter en trocitos. En el otro extremo de la habitación, la madre de Peter se tapó la boca con una mano para contener la risa.
-Oh, papá, lo siento -dijo Peter-. Me había olvidado de que estabas ahí.

Poco después de su décimo cumpleaños, se le encomendó la tarea de llevar al colegio a su hermana de siete años, Kate. Peter y Kate iban a la misma escuela. Estaba a un cuarto de hora andando o un corto trayecto en autobús. Hasta ese momento, habían acudido caminando con su padre, que los dejaba camino del trabajo; pero se consideró entonces que los niños eran ya lo bastante mayores como para ir solos en autobús, y Peter sería el responsable.
La escuela estaba sólo a dos paradas de su casa, pero, por la forma en que sus padres no dejaban de hablar del tema, podría haberse pensado que Peter llevaba a Kate al polo norte. Se le daban instrucciones la víspera. Cuando se despertaba tenía que volver a oírlas. Luego sus padres las repetían de nuevo durante el desayuno. Cuando los niños estaban a punto de salir a la calle, su madre, Viola Fortune, repasaba las reglas por última vez. Todos deben de creer que soy tonto, pensaba Peter. A lo mejor lo soy. Tenía que llevar a Kate de la mano todo el rato. Tenían que sentarse en el piso de abajo del autobús, con Kate junto a la ventana. No tenían que entablar conversación con chiflados ni granujas. Peter tenía que decirle al conductor el nombre de su parada en voz alta, sin olvidar añadir «gracias». Tenía que mantener la vista fija en el camino.
Peter le repetía otra vez todo esto a su madre y partía hacia la parada de autobús con su hermana. Iban cogidos de la mano todo el camino. En realidad, eso no le importaba porque lo cierto era que Kate le gustaba. Lo único que deseaba era que ninguno de sus amigos lo viera de la mano de una niña. El autobús llegaba. Subían y se sentaban en el piso de abajo. Era ridículo estar allí sentados con las manos cogidas y, además, había algunos niños del colegio, de modo que se soltaban. Peter se sentía orgulloso. Podía hacerse cargo de su hermana en cualquier lugar. Kate podía confiar en él. En el caso de que estuvieran solos en un desfiladero y se encontraran con una manada de lobos hambrientos, Peter sabría exactamente qué debería hacer. Con cuidado para no hacer ningún movimiento brusco, se iría moviendo con Kate hasta tocar con la espalda alguna gran roca. De ese modo, los lobos no podrían rodearlos.
A continuación, saca del bolsillo dos cosas importantes que no ha olvidado llevar consigo: la navaja y una caja de cerillas. Saca la navaja de la funda y la deja en la hierba, a punto por si los lobos atacan. Ya se acercan. Están tan hambrientos que babean, gruñen y aullan. Kate llora, pero él no puede consolarla. Sabe que tiene que concentrarse en su plan. Justo a sus pies hay algunas hojas y ramitas secas. Rápida y hábilmente, Peter forma con ellas un pequeño montón. Los lobos se acercan poco a poco. No puede fallar. Sólo queda una cerilla en la caja. Pueden oler el aliento de los lobos: un terrible hedor a carne podrida. Peter se inclina, ahueca la mano y enciende la cerilla. Hay una ráfaga de viento, la llama parpadea, pero Peter logra mantenerla encendida cerca del montón, el fuego prende, primero una hoja, luego otra, luego el extremo de una ramita, y el pequeño montón no tarda en arder. Reúne más hojas, ramitas y palos más grandes. Kate ha comprendido la idea y lo ayuda. Los lobos retroceden. A los animales salvajes les aterroriza el fuego. Las llamas se elevan cada vez a mayor altura, y el viento empuja el humo hacia sus babeantes fauces. Entonces Peter coge la navaja y…
¡Absurdo! Era perdiéndose en las nubes de esa manera como corría el riesgo de saltarse la parada. El autobús se había detenido. Los niños de su escuela ya estaban bajando. Peter se incorporó de golpe y logró saltar a la acera en el preciso instante en que el autobús se ponía de nuevo en marcha. Llevaba andados más de cincuenta metros por la calle cuando se dio cuenta de que había olvidado algo. ¿La cartera? ¡No! ¡Su hermana! La había salvado de los lobos y la había dejado allí sentada. Durante un instante no supo reaccionar. Se quedó contemplando cómo se alejaba el autobús.
—Vuelve —murmuró—. Vuelve.
Uno de los niños de su escuela se acercó y le dio un golpe en la espalda.
—En, ¿qué pasa? ¿Has visto un fantasma?
La voz de Peter pareció provenir de muy lejos.
—Oh, nada, nada. Me he dejado una cosa en el autobús.
Y echó a correr. El autobús estaba ya a unos cuatrocientos metros y empezaba a frenar para la siguiente parada. Peter aceleró. Iba tan deprisa que, si hubiera levantado los brazos, seguramente habría podido despegar. Entonces habría sobrevolado la copa de los árboles y… ¡Pero no! No iba a empezar de nuevo a perderse en las nubes. Iba a traer de vuelta a su hermana. En ese momento debía de estar gritando presa del terror.
Algunos pasajeros se habían bajado, y el autobús volvía a alejarse. Peter estaba más cerca que antes. El autobús avanzaba lentamente detrás de un camión. Si lograba seguir corriendo y olvidarse del terrible dolor que sentía en las piernas y el pecho, lo alcanzaría. Cuando llegara a la altura de la parada, el autobús no estaría a más de cien metros. «Más deprisa, más deprisa», se dijo.
Estaba llegando a la parada, cuando alguien le gritó:
—¡Eh, Peter, Peter!
Peter no tuvo fuerzas para girar la cabeza.
—No puedo pararme —jadeó, e intentó seguir corriendo.
—¡Peter! ¡Para! ¡Soy yo! ¡Kate!
Echándose las manos al pecho, se derrumbó a los pies de su hermana.
—Cuidado con esa caca de perro —dijo Kate con calma mientras contemplaba cómo su hermano luchaba por recobrar el aliento—. Venga, vamos ya. Es mejor que volvamos o llegaremos tarde. Más vale que me des la mano para que no te metas en ningún lío.
Se dirigieron a la escuela juntos, y Kate prometió muy amablemente —a cambio del dinero semanal de Peter— no decir nada de lo que había pasado cuando regresaran a casa.

El problema de tener la cabeza en las nubes y no ser muy locuaz es que los maestros, sobre todo los que no te conocen mucho, probablemente piensen que eres bastante tonto. O, si no tonto, al menos aburrido. Nadie es capaz de ver las increíbles cosas que pasan por tu cabeza. Una maestra que viera a Peter mirando por la ventana o contemplando la hoja en blanco que tenía sobre el pupitre podía pensar que se aburría o que estaba atascado buscando una solución. Pero la verdad era muy diferente.
Por ejemplo, una mañana había un examen de matemáticas en la clase de Peter. Los niños tenían que sumar algunos números bastante altos en sólo veinte minutos. Casi nada más empezar la primera suma, en la que había que sumar tres millones quinientos mil doscientos noventa y cinco y otro número casi igual de alto, Peter se encontró pensando en el número más alto del mundo. Había leído la semana anterior algo sobre un número con el maravilloso nombre de gúgol. Un gúgol equivalía a diez multiplicado cien veces por diez. Un uno con cien ceros. E incluso había otra palabra mejor, una auténtica belleza: el gugolplex. Un gugolplex equivalía a diez multiplicado gúgol veces por diez. ¡Vaya número!
Peter dejó vagar su mente por ese fantástico tamaño. Los ceros se perseguían por el espacio como si fueran burbujas. Su padre le había dicho que los astrónomos calculaban que el número total de átomos de todos los millones de estrellas que podían ver con sus telescopios gigantes era de uno con noventa y ocho ceros. Todos los átomos del universo juntos no sumaban ni siquiera un solo gúgol. Y un gúgol era una insignificancia en comparación con un gugolplex. Si le pidieras a alguien un gúgol de caramelos de chocolate, no habría en el universo suficientes átomos para fabricarlos.
Peter apoyó la cabeza en una mano y suspiró. En ese preciso momento, la maestra dio una palmada. Habían pasado los veinte minutos. Lo único que Peter había hecho era escribir la primera cifra de la primera suma. Todos los demás habían acabado. La maestra había estado contemplando cómo Peter se quedaba mirando su página, no escribía nada y suspiraba.
Poco después lo pusieron con un grupo de niños con grandes dificultades para sumar incluso los números más bajos, como cuatro y seis. Peter no tardó en aburrirse y se le hizo aún más difícil prestar atención. Los maestros empezaron a pensar que era pésimo en matemáticas, incluso en ese grupo especial. ¿Qué iban a hacer con él?
Por supuesto, los padres de Peter y su hermana Kate sabían que Peter no era tonto, vago ni aburrido, y había maestros en la escuela que llegaron a darse cuenta de que en su cabeza pasaban todo tipo de cosas interesantes. Y el propio Peter aprendió, al hacerse mayor, que, puesto que la gente no sabe lo que te pasa por la cabeza, lo mejor que puede hacerse, si quieres que te comprendan, es decirlo. De modo que empezó a escribir algunas de las cosas que le pasaban cuando estaba mirando por la ventana o tumbado en el suelo mirando el cielo. Cuando se hizo adulto se convirtió en inventor, escritor de cuentos y llevó una vida feliz. En este libro encontrarás algunas de las extrañas aventuras que sucedieron en la cabeza de Peter, escritas exactamente tal como sucedieron.

Categorías: Cuentos

Peticiones del Oyente: COMO UN LOBO. Miguel Bosé y Bimba Bosé.

Martes 29 Enero 2008 · 4 comentarios

Categorías: Canciones

EL UNIVERSO DE AL LADO. Eduardo del Llano.

Lunes 28 Enero 2008 · 12 comentarios

La gente se porta de la misma manera en el aire que en la tierra: pretendiendo que no pasa nada, riéndose bien alto de sus propios pánicos, antes de que otros lo hagan. Yo he volado en toda clase de aviones, grandes y pequeños, comerciales y de combate, nuevos y echando humo por un ala, y siempre estoy cagado de miedo. Siempre. ¿Y saben por qué? Porque por más entrenamiento que tenga uno, no somos pájaros, no es natural estar en el aire. Y que no me jodan, todo el mundo siente lo mismo. Ahora bien, los pasajeros se ponen a leer cuando las azafatas explican los procedimientos de emergencia, ríen cuando el avión trepida en una turbulencia, miran con sorna al infeliz que suda frío. Lo mismo que en la tierra, digo: nadie admite que puede estar enfermo, que puede fracasar, que quizás lo echen del trabajo o su mujer lo engañe. Porque eso les ocurre a los perdedores, piensan los muy imbéciles. ¿Y quiénes son los perdedores? ¿Otra raza, quizás? Nos educan para ser duros y feroces, para sonreír siempre, como estrellas de cine a la entrada del juzgado. Y a nosotros, los soldados, nos hacen creer que somos más duros que los demás. ¿Por qué es tan importante ser duro? ¿Qué tiene de malo ser una cosita chiquitica e indefensa?

Categorías: Cuentos

Cine de Plancha: Wait Until Dark (1967)

Domingo 27 Enero 2008 · 3 comentarios

Categorías: Pelis

Matiné Especial de MACCArtoons

Domingo 27 Enero 2008 · 2 comentarios

SEASIDE WOMAN. Suzy & The Red Stripes

OH, PAPA CATCH THE FISH FROM THE BOTTOM OF THE SEA,
MAMA FIXES NET, SHE KEEP AN EYE ON ME.
DAINTY LITTLE MAMA, SMILE ALL DAY,
COOK YOUR SWEET POTATO, AT NIGHT SHE LAY, LAY.

OOOH, SEASIDE WOMAN,
OOOH, SEASIDE WOMAN.

RIDE WITH MULE TO MARKET PLACE EACH DAY,
SELLS HER BEATEN BASKETS FOR SEA SHELL PAY.
DAINTY LITTLE MAMA, SMILE ALL DAY,
PAPA LOVE YOU, MAMA, AND HE SAY, SAY.

OOOH, SEASIDE WOMAN, (yeh, yeh, yeh, yeh)
OOOH, SEASIDE WOMAN.

(Alright, slap it on, Denny!)

OOOH, SEASIDE WOMAN,
OOOH, SEASIDE WOMAN.

(Break it up now) YEH!
(Oh, turn around)
(Ho ah!)
(Oh!)

(I don’t wanna walk, I don’t wanna talk, I just wanna be with you)

OH, PAPA CATCH THE FISH FROM THE BOTTOM OF THE SEA,
MAMA FIXES NET, SHE KEEP AN EYE ON ME.
DAINTY LITTLE MAMA, SMILE ALL DAY,
COOK YOUR SWEET POTATO, AT NIGHT SHE LAY, LAY.

OOOH, SEASIDE WOMAN,
OOOH, SEASIDE WOMAN, (mm, mm, hey!)
OOOH, SEASIDE WOMAN, (yeh, yeh, yeh)
SEASIDE WOMAN,
SEASIDE WOMAN,
SEASIDE WOMAN.

ORIENTAL NIGHTFISH. Linda McCartney & Wings

IT WAS A THURSDAY NIGHT,
I WAS WORKING LATE
WHEN I FIRST CAUGHT SIGHT
OF THE ORIENTAL NIGHTFISH.

THE COLOURS WERE SWIRLING,
THE ROOM WAS GETTING HOTTER.
I COULDN’T SEE ANYTHING.

EMERALD BLUE, PURPLE RED,
I WAS WORKING LATE.
IT WAS A THURSDAY NIGHT,
WHEN I FIRST CAUGHT SIGHT
OF THE ORIENTAL NIGHTFISH.

NIGHTFISH.

TROPIC ISLAND HUM. Paul & Linda McCartney

Welcome to our island,
Glad you came to call,
Now you’ve made yourself at home,
You’re welcome to us all
We are simple people, why are we this way,
This is what we always say.

[Chorus:]
It’s the way that we bong on the bongo
It’s the way that be bang on the big base drum,
It’s the way we sing in the song book,
Plays the tropic island hum
Hum, hum…

Playin’ in the sunshine, lots of sea and sand
Its jolly nice in paradise
Lordie ain’t life grand
Everyone was happy joining in the fun,
Doing like we’ve always done

It’s the way that we shake on the shakers,
It’s the way that we bang on the big base drum,
It’s the way that we bake in the cake off,
Plays the tropic island hum

[Chorus]

Good, good, good… Feeling good
Tonights a special night Feeling good,
Alright, alright, alright, alright
Anything can happen in the meantime
Won’t you come and celebrate our tropic island hum

[Chorus 2x]

Categorías: Canciones · Cartoons

Peticiones del Oyente: DANCE TONIGHT. Kylie Minogue & Paul McCartney.

Sábado 26 Enero 2008 · 10 comentarios

Categorías: Canciones

Madame Tutli Putli

Sábado 26 Enero 2008 · 3 comentarios

Aquí se puede ver, con un poco de paciencia porque tarda en cargarse, el corto entero.

Categorías: Pelis

EL PUNTO G. Juan Limón.

Sábado 26 Enero 2008 · 6 comentarios

Es el otoño, época proclive a dejarse mecer por los dulces vaivenes de la melancolía y acunar por las suaves remebranzas de los días pasados. Una tarde de éstas estaba yo desempolvando unas vivencias del baúl de los recuerdos (u-uhu) para limpiarlos, fijarlos y darles esplendor cuando topé con una musgosa y enmohecida reminiscencia con que el destino tuvo a bien obsequiarme sin haberlo yo pedido.
A causa, cuenta y razón de uno de los abundantes y frecuentes tumbos que jalonan mi nefasta vida profesional, fui a dar con mis huesos, administrativamente hablando, en una de las más lóbregas covachuelas que imaginarse puedan. Un oscuro sótano amazmorrado y siniestro, tan ajeno a la luz solar como íntimo de la tiniebla. Un lugar, en suma, arquitectónicamente perfecto para servir de jaula de grillos, celda de castigo o depósito de cadáveres y, a fe mía, que, andando el tiempo, cumplió de sobra, simultanea y sucesivamente tales funciones.
El caso es que allí fuimos a parar, como último recurso laboral, un puñado de escombros, saldos y restos de serie que, a la sazón, navegábamos con rumbo más que incierto por las procelosas e inciertas aguas de la Función Pública.
Una vez empotrados en el tugurio aquel, conocimos al alcaide del penal: El Tal González, que, físicamente, era el equivalente a un perverso cruce, diseñado por un científico loco que hubiera puesto a bailar el aserejé a las Leyes de Mendel para lograr un obsceno híbrido entre un hipopótamo y una nécora (si alguien recuerda al personaje Waternoose de la –enorme- película “Monstruos S.A.”, sabrá a lo que me refiero).
Una vez asimilado el impacto visual, El Tal procedió a asignarnos funciones tan etéreas, difusas e inconcretas que, aún hoy, sigo sin ser capaz de explicar(me) a que me dediqué en aquel entonces salvo a ser -junto con el resto de pobres desgraciados- mariachis, costaleros y correveidiles de El Tal González.
Como sin esfuerzo habrá deducido el lector, El Tal no daba ni dejaba dar palo al agua y, lo que es más sorprendente, nadie de la jerarquía esperaba menos de él; ahora eso sí, no paraba quieto, pulverizando la máxima latina de vive y deja vivir: recorría celdas y estancias a zancada limpia, dando aspavientos y repartiendo manotazos a diestro y siniestro, como si espantase un imaginario enjambre de tábanos que se empeñado en interrumpir el flujo ordenado de sus pensamientos.
El Tal González empleaba su jornada laboral en lamer sus heridas y admirar las cicatrices administrativas. Se sentía enjaulado, apartado y estabulado por una fiera y clandestina confabulación diseñada por las ocultas logias que manejan los invisibles hilos que gobiernan el destino de los hombres (o al menos, así lo explicaba El Tal) y, empecinadas conspiraban para que las obvias cualidades, como Estratega, Capitán y Timonel del galeón de la Administración, fueran soslayadas hasta pasar desapercibidas.
Ahora bien, nunca se puede decir de El Tal que fuera hombre dado a la discreción y el mutismo, a poco que cualquiera de sus sicarios nos descuidásemos, nos abordaba para vomitarnos las estrategias, planes y procesos que engendraba (a la velocidad con la que se persigna un mono loco) su mente, para plantar, en un pispás, a la Administración Celtíbera en el mismísimo umbral del siglo XXII, convirtiendo, de paso y como quien no quiere la cosa, a España en envidia del orbe y faro, guía y modelo a seguir y respetar por el mismisimo sistema solar.
El Tal González cuya autoestima lucía inmaculada, sin mengua o mácula alguna, ni estaba aquejada por achaque, gravada por tasa o hijuela se autopostulaba como el único dirigente tan ahíto de carisma como sobrado en sabiduría, capaz de ser el líder de masas, firme y sereno timonel que la Administración Pública necesitaba a la mayor urgencia.
El Tal González sabía que solo era cuestión de tiempo antes de que la jerarquía de la organización, sufriera una Epifanía, viera la luz y proclamara su Advenimiento mediante una reforma constitucional nombrándole Alejandro Magno de la Administración y Aúriga y Prócer Supremo de la Cosa (Pública, claro).
Pero ¡Ay! la inminencia del nombramiento tardaba en producirse y El Tal González mataba el rato practicando con nosotros, sus desvalidos esbirros, su oratoria engarzando en su discurso aquellos conceptos fundamentales que daban sentido y densidad a su personalidad y modo de entender la vida.
Hay que reconocer que El Tal González gozaba de verborrea fácil y palabra cantarina capaz de conferir veracidad y firmeza a las más prodigiosas insensateces. Nos hablaba de tu a tu, sazonando la conversación (sus monólogos) con palmadas y risotadas (a medio camino entre el espasmo y la carraspera) haciéndonos sentir partícipes de las más reveladoras confidencias y los más inconfesables secretos.
Aunque durante sus peroratas no daba cuartelillo a la coherencia y tuneaba las leyes de la lógica, sabía aderezarlas con un léxico particular compuesto, por palabras archisilábicas de acuñación propia.
Verbigracia: El Tal González no daba argumentos sino que argumentaba; no narraba, vehiculaba; jamás apoyó sino que incentivó; no mejoraba, optimizaba; nunca dio confianza a nadie , le fidelizó; no llamaba, hacía llamamientos; a nadie manejó sino que instrumentalizó; ni ordenó ideas, las articuló
Sus dislates solían versar sobre oscuros secretos de Estado en los que participaba aquellas veces que por necesidad imperiosa abandonaba su puesto de trabajo (a diario) y, llegamos a estar convencidos de que era una suerte de intersección entre la Pimpinela Escarlata y Torrente, el brazo tonto de la ley. Fue, para nuestros ojos, Oráculo de Poderosos y Guardián de las Esencia Hispana, con acceso ilimitado a los cenáculos y mentideros del poder, con barra libre en la Moncloa y happy hour en el Despacho Oval.
Era, para nosotros, un Joven Vigoroso Titán, capaz de convulsionar y remansar a capricho, el curso de la Historia y el devenir de la Humanidad ¿Quién sino montó el cisco de Irak, el pifostio de Afganistán, la boda del Príncipe y el descenso a Segunda del Atlético de Madrid?. (canallada tan cruel como innecesaria)
Huelga decir que nos tenía hechizados, jamás mis mañanas al servicio del Interés Público fueron amenizadas con tantas majaderías tan bien sazonadas con chascarrillos, anécdotas, sucedidos y habladurías varias que daban a los dislates el punto exacto de sazón y textura que cauteriza la voluntad del oyente dejándose arrebatar, olvidándose de si mismo y abandonándose a un placer difuso y morboso, tan inaprehensible (si, es con h, creo) como escurridizo, tan legendario como fugitivo, esa felicidad sin causa ni porqué, que psicólogos, sexólogos y tertulianos han intentado definir en vano …el auténtico y verdadero punto G. (de González, claro)…
Aún hoy se me empañan los ojos con H2O y cloruro sódico, se me perla la frente de sudor y me recorren escalofríos al convocar las sensaciones largamente olvidadas…
Como todo ser excepcional, ecce homo, El Tal González era propenso a ataques de melancolía fruto de esa soledad, desconocida para el común de los mortales, que produce sentirse y saberse único. En aquellas ocasiones, para evitarnos el sufrimiento de saberle vulnerable se refugiaba en su despacho dejando en maceración mientras aguardaba a que escampase la crisis.
Sin embargo, un buen día la crisis duró más de lo habitual (10 minutos) y preocupados, decidimos tomar cartas en el asunto. Mientras mis compañeros localizaban en la “Páginas Amarillas” el teléfono de Ciempozuelos para reservarle una suite; yo, armado con la jeringuilla de pentotal que reservábamos para las grandes ocasiones, decidí entrar a buscarle.
Mis crines semejaban escarpias cuando giré el pomo de la puerta y, aún hoy, sigo sin saber si contemple un sueño o una pesadilla.
El Tal González se había encaramado en su mesa, y, vestido como un Mariscal de Campo del siglo XIX había adoptado una postura marcial: una pierna adelantada hacia el futuro, su mano derecha le hacía las veces de visera mientras, con los ojos en blanco, esculpía la delgada línea del horizonte que separa los azules del cielo y del mar (lo que no deja de tener su mérito, dado que su despacho era interior); de su boca, brotaban simultáneamente amarillentos espumarajos y una letanía de inconexos balbuceos que invocaban, sin duda, ancestrales y telúricas fuerzas que escapan a la humana razón; mientras, su mano izquierda, en napoleónico gesto recurría incesante su vientre (al que trienios de aerofagia habían cincelado con rotundidad de odre) en busca de un flato rebelde, montaraz y esquivo… en el suelo vi, marchito, arrugado y barnizado con un sospechoso color parduzco (como si alguien lo hubiera utilizado para su aseo personal) el BOE de la fecha, abierto por la página de “Autoridades y Personal”. …
Poco resta ya por contar, próceres de mayor enjundia habían decidido arrumbar y marchamar a El Tal González y darle un destino acorde a sus cualidades, sustituyéndole por un tal (así, a secas y en minúscula) de quien nada les puedo contar porque no tiene ni media línea.
Nosotros, sus cuates, aprendimos a sobrevivir, aunque de mala manera, sin el orate pero le echamos de menos y, desde este modesto púlpito, quisiera rogar a quien corresponda que se preocupe de que en su nuevo destino protejan y cuiden a El Tal González para que se sienta mimado; que le den un manguerazo y cepillen (al menos todos los semestres) para que esté aseado y lustroso y, que sus visitantes le tiren muchos plátanos y le tiren cacahuetes (le encantan) para que siempre esté bien alimentado.
Es lo menos que se merece.

Categorías: Cuentos

Lo que me apetece…

Jueves 24 Enero 2008 · 30 comentarios

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There is not enough time to do all the nothing we want to do.
Bill Watterson

Categorías: Persona(je)s · Tebeos

En el cole…

Miércoles 23 Enero 2008 · Dejar un comentario

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Categorías: Persona(je)s · Tebeos

Clásicos Triangulados de plancha: THE TALK OF THE TOWN (1942)

Martes 22 Enero 2008 · Dejar un comentario

Mira que estás TÚ en esta peli: mandoro, atractivo, teatrero, embaucador, no callas un momento.
Yo te llamo idiota estupendamente, como siempre, mientras babeo por tú y tú te empeñas en que me vaya con el de enfrente que, por cierto, te quita la frase de ‘cuando lleguemos a ese puente cruzaremos ese río’.
Pero lo fundamental de esta peli es que se demuestra, sin lugar a dudas, que tus ronquidos son atronadores!!

Categorías: Pelis

DAFNIS Y CLOE. Antoine François Gelée, según pintura de Louis Hersent

Lunes 21 Enero 2008 · 8 comentarios

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Categorías: Colores