…en la valla…

ESCENA DE DORMITORIO. Jan Havicksz Steen.

Miércoles 5 Marzo 2008 · 13 comentarios

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MUJER SENTADA. Henri Matisse.

Miércoles 5 Marzo 2008 · 6 comentarios

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De Viva Voz: LAS AVENTURAS DE HUCKLEBERRY FINN. Mark Twain.

Miércoles 5 Marzo 2008 · Dejar un comentario

En cuanto era de noche nos echábamos al río; cuando llevábamos la balsa aproximadamente al centro ya no hacíamos nada y dejábamos que flotase hacia donde la llevase la corriente; después encendíamos las pipas y metíamos las piernas en el agua y hablábamos de todo tipo de cosas; siempre íbamos desnudos, de día y de noche, cuando nos dejaban los mosquitos; la ropa nueva que me había hecho la familia de Buck era demasiado buena para resultar cómoda; de todos modos, a mí tampoco me gustaba mucho andar vestido.
A veces teníamos el río entero para nosotros solos durante ratos larguísimos. A lo lejos se veían las riberas y las islas, al otro lado del agua, y a veces una chispa que era una vela en la ventana de una cabana, y a veces en medio del agua se veía una chispa o dos: ya se sabe, una balsa o una chalana, y se podía oír un violín o una canción que llegaba de una de aquellas embarcaciones. Es maravilloso vivir en una balsa. Arriba teníamos el cielo, todo manchado de estrellas, y nos echábamos de espaldas, las mirábamos y discutíamos si alguien las había hecho o habían salido porque sí. Jim siempre decía que las habían hecho, pero yo sostenía que habían salido; me parecía que llevaría demasiado tiempo hacer tantas. Jim dijo que la luna podría haberlas puesto; bueno, aquello parecía bastante razonable, así que no dije nada en contra, porque he visto ranas poner casi tantos huevos, así que desde luego era posible. También mirábamos las estrellas que caían y veíamos la estela que dejaban. Jim decía que era porque se habían portado mal y las habían echado del nido.
Por las noches veíamos uno o dos barcos de vapor que pasaban en la oscuridad, y de vez en cuando lanzaban todo un mundo de chispas por una de las chimeneas, que caían al río y resultaban preciosas; después el barco daba la vuelta a una curva y las luces guiñaban y el ruido del barco desaparecía y volvía a dejar el río en silencio, y luego nos llevaban las olas que había levantado, mucho rato después de que hubiera desaparecido el barco, que hacían moverse un poco la balsa, y después ya no se oía nada durante no se sabe cuánto tiempo, salvo quizá las ranas o cosas así.
Después de medianoche la gente de la costa se iba a la cama y durante dos o tres horas las riberas estaban en tinieblas: no había más chispas en las ventanas de las cabañas. Aquellas chispas eran nuestro reloj: la primera que se volvía a ver significaba que llegaba el amanecer, así que inmediatamente buscábamos un sitio donde escondernos y amarrar.

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