…en la valla…

LA MUERTE DE UN FUNCIONARIO. Antón Chéjov.

Domingo 9 Marzo 2008 · 15 comentarios

El gallardo alguacil Iván Dmitrievitch Tcherviakof se hallaba en la segunda fila de butacas y veía a través de los gemelos Las Campanas de Corneville. Miraba y se sentía del todo feliz…, cuando, de repente… -en los cuentos ocurre muy a menudo el «de repente»; los autores tienen razón: la vida está llena de improvisos-, de repente su cara se contrajo, guiñó los ojos, su respiración se detuvo…, apartó los gemelos de los ojos, bajó la cabeza y… ¡achís!, estornudó. Como usted sabe, todo esto no está vedado a nadie en ningún lugar.
Los aldeanos, los jefes de Policía y hasta los consejeros de Estado estornudan a veces. Todos estornudan…, a consecuencia de lo cual Tcherviakof no hubo de turbarse; secó su cara con el pañuelo y, como persona amable que es, miró en derredor suyo, para enterarse de si había molestado a alguien con su estornudo. Pero entonces no tuvo más remedio que turbarse. Vio que un viejecito, sentado en la primera fila, delante de él, se limpiaba cuidadosamente el cuello y la calva con su guante y murmuraba algo. En aquel viejecito, Tcherviakof reconoció al consejero del Estado Brischalof, que servía en el Ministerio de Comunicaciones.

-Le he salpicado probablemente -pensó Tcherviakof-; no es mi jefe; pero de todos modos resulta un fastidio…; hay que excusarse.

Tcherviakof tosió, se echó hacia delante y cuchicheó en la oreja del consejero:

-Dispénseme, excelencia, le he salpicado…; fue involuntariamente…

-No es nada…, no es nada…

-¡Por amor de Dios! Dispénseme. Es que yo…; yo no me lo esperaba…

-Esté usted quieto. ¡Déjeme escuchar!

Tcherviakof, avergonzado, sonrió ingenuamente y fijó sus miradas en la escena. Miraba; pero no sentía ya la misma felicidad: estaba molesto e intranquilo. En el entreacto se acercó a Brischalof, se paseó un ratito al lado suyo y, por fin, dominando su timidez, murmuró:

-Excelencia, le he salpicado… Hágame el favor de perdonarme… Fue involuntariamente.

-¡No siga usted! Lo he olvidado, y usted siempre vuelve a lo mismo -contestó su excelencia moviendo con impaciencia los hombros.

“Lo ha olvidado; mas en sus ojos se lee la molestia -pensó Tcherviakof mirando al general con desconfianza-; no quiere ni hablarme… Hay que explicarle que fue involuntariamente…, que es la ley de la Naturaleza; si no, pensará que lo hice a propósito, que escupí. ¡Si no lo piensa ahora, lo puede pensar algún día!…”

Al volver a casa, Tcherviakof refirió a su mujer su descortesía. Mas le pareció que su esposa tomó el acontecimiento con demasiada ligereza; desde luego, ella se asustó; pero cuando supo que Brischalof no era su «jefe», se calmó y dijo:

-Lo mejor es que vayas a presentarle tus excusas; si no, puede pensar que no conoces el trato social.

-¡Precisamente! Yo le pedí perdón; pero lo acogió de un modo tan extraño…; no dijo ni una palabra razonable…; es que, en realidad, no había ni tiempo para ello.

Al día siguiente, Tcherviakof vistió su nuevo uniforme, se cortó el pelo y se fue a casa de Brischalof a disculparse de lo ocurrido. Entrando en la sala de espera, vio muchos solicitantes y al propio consejero que personalmente recibía las peticiones. Después de haber interrogado a varios de los visitantes, se acercó a Tcherviakof.

-Usted recordará, excelencia, que ayer en el teatro de la Arcadia… -así empezó su relación el alguacil -yo estornudé y le salpiqué involuntariamente. Dispen…

-¡Qué sandez!… ¡Esto es increíble!… ¿Qué desea usted?

Y dicho esto, el consejero se volvió hacia la persona siguiente.

“¡No quiere hablarme! -pensó Tcherviakof palideciendo-. Es señal de que está enfadado… Esto no puede quedar así…; tengo que explicarle…”

Cuando el general acabó su recepción y pasó a su gabinete, Tcherviakof se adelantó otra vez y balbuceó:

-¡Excelencia! Me atrevo a molestarle otra vez; crea usted que me arrepiento infinito… No lo hice adrede; usted mismo lo comprenderá…

El consejero torció el gesto y con impaciencia añadió:

-¡Me parece que usted se burla de mí, señor mío!

Y con estas palabras desapareció detrás de la puerta.

“Burlarme yo? -pensó Tcherviakof, completamente aturdido-. ¿Dónde está la burla? ¡Con su consejero del Estado; no lo comprende aún! Si lo toma así, no pediré más excusas a este fanfarrón. ¡Que el demonio se lo lleve! Le escribiré una carta, pero yo mismo no iré más! ¡Le juro que no iré a su casa!”

A tales reflexiones se entregaba tornando a su casa. Pero, a pesar de su decisión, no le escribió carta alguna al consejero. Por más que lo pensaba, no lograba redactarla a su satisfacción, y al otro día juzgó que tenía que ir personalmente de nuevo a darle explicaciones.

-Ayer vine a molestarle a vuecencia -balbuceó mientras el consejero dirigía hacia él una mirada interrogativa-; ayer vine, no en son de burla, como lo quiso vuecencia suponer. Me excusé porque estornudando hube de salpicarle… No fue por burla, créame… Y, además, ¿qué derecho tengo yo a burlarme de vuecencia? Si nos vamos a burlar todos, los unos de los otros, no habrá ningún respeto a las personas de consideración… No habrá…

-¡Fuera! ¡Vete ya! -gritó el consejero temblando de ira.

-¿Qué significa eso? -murmuró Tcherviakof inmóvil de terror.

-¡Fuera! ¡Te digo que te vayas! -repitió el consejero, pataleando de ira.

Tcherviakof sintió como si en el vientre algo se le estremeciera. Sin ver ni entender, retrocedió hasta la puerta, salió a la calle y volvió lentamente a su casa… Entrando, pasó maquinalmente a su cuarto, se acostó en el sofá, sin quitarse el uniforme, y… murió.

Categorías: Cuentos

The Plowboy, 1929

Domingo 9 Marzo 2008 · 28 comentarios

Categorías: Cartoons

Buda Explotó por Vergüenza

Domingo 9 Marzo 2008 · 14 comentarios

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¡Por fin! Ya tenía ganas de salir un día del cine satisfecha.

Baktay es una niña de seis años. Su vecino y amigo Abbas está aprendiendo a leer. Ella también quiere ir a la escuela para que la cuenten historias bonitas. Abbas la llevará. Pero no es tan fácil. Para conseguir llegar hasta allí, Batkay vivirá más aventuras que el propio Odiseo. Pero la cria es de ideas fijas y lo conseguirá. Y todo para que al final del día, cuando Abbas le pregunte qué tal le había ido en la escuela, ella conteste: “No me enseñaron nada; tuve que aprender yo sola”.

Los sesudos dirán que es una peli plagada de metáforas y símbolos; de poesia; una alegoría; un alegato contra la guerra, la ignorancia y el miedo. Y lo es.

Pero sobre todo es un cuento. Un bello cuento. Sencillo; con personajes arquetípicos; desbordado de ternura y crueldad; en el que cada banalidad se convierte en la mayor aventura del mundo… En fin, lo que se dice un cuento.

Vale; la peli no es perfecta. Habrá que excusar sus imperfecciones diciendo que su directora solo tenía 19 años cuando la rodó. Y que Afganistán no es un cuento; es de lo más real. Y que no fue nada fácil filmar a una panda de críos que no tienen televisión y nunca habían ido al cine; que no entendían lo que era rodar una peli, porque nunca habían visto su imagen (ni la de nadie) en una pantalla. ¡Quién lo diría! Abbas Alijome (Abbas) y, sobre todo, Nikbakth Noruz (Batkay) lo bordan. Mejor dicho: lo juegan de maravilla. Porque, a fin de cuentas, esta peli es eso: un cuento en el que unos niños juegan.


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Categorías: Pelis