La banda, mientras tanto, seguía avanzando, entonando con inconsciente ironía un himno titulado algo así como «¿Cuándo le veremos la cara?». El tiempo se me hizo interminable mientras la gente pasaba por delante de mí. Los tambores resonaban y de momento no observé que dos chiquillos se detenían junto a mí. «¡Mira!», dijo uno de ellos. «¿Qué?», preguntó el otro. «¿No las ves? Son huellas de un pie descalzo, como si alguien hubiera pisado el barro.» Vi que los dos chicos se habían detenido, y miraban con la boca abierta las huellas que yo había ido dejando por los escalones recién pintados. La gente los empujaba al pasar; pero su condenada imaginación les impedía moverse de allí. «¿Cuándo le veremos la cara?», seguían cantando con el acompañamiento de la banda musical. «Aseguraría que un hombre descalzo ha subido estas escaleras», dijo uno de los chicos. «Y no ha vuelto a bajar. Uno de los pies le sangraba.» El Ejército de Salvación ya había pasado. «¡Mira, Ted!», dijo el más joven de los detectives con aire de sorpresa, señalando a mis pies. Bajé la vista y vi que su contorno era trazado por una ligera capa de barro. Por un momento quedé paralizado. «¡Qué raro!», dijo el mayor. «¡Muy raro! Es como la sombra de un pie, ¿verdad?» Titubeó un momento y avanzó con la mano extendida. Un hombre se detuvo para ver qué era lo que quería agarrar y una joven lo imitó. Antes de que transcurrieran unos segundos me habrían tocado. Entonces comprendí cuál era la solución. Di un paso que obligó al chiquillo a echarse atrás con una exclamación, y con un rápido movimiento salté al pórtico de la casa vecina. Pero el más pequeño de los chiquillos fue lo bastante listo como para comprender algo de lo que ocurría, y antes de que yo bajara los escalones y hubiera llegado a la acera, se había recuperado de su asombro momentáneo y empezó a decir a gritos que los pies habían saltado por encima de la pared. Todos se volvieron, descubriendo mis nuevas huellas en el escalón inferior y en la acera. «¿Qué ocurre?», preguntó alguien. «¡Pies! ¡Mire! ¡Pies que corren solos!» Todo el mundo, excepto mis tres perseguidores, marchaba detrás del Ejército de Salvación, obstaculizándonos el paso tanto a mí como a ellos. Se miraron unos a otros sorprendidos e interrogantes. Sin conseguir evitar el tropezar con un muchacho, logré salir a un claro y, un momento después, eché a correr por el circuito de Russell Square, mientras seis o siete personas estupefactas seguían mis huellas. No tenía tiempo que perder en explicaciones si quería evitar que la multitud me persiguiera. Por dos veces intenté despistarlos doblando esquinas, por tres veces crucé la calle y volví pisando sobre mis huellas anteriores; y a la vez que mis pies iban calentándose y secándose, las húmedas huellas comenzaron a desvanecerse. Por fin tuve un momento de respiro, me quité el barro de los pies con las manos y me salvé de este modo. Lo último que recuerdo de aquel incidente es un pequeño grupo de unas doce personas estudiando con infinita perplejidad una huella que seguía secándose lentamente y que se debía a que yo había pisado un charco en Tavistock Square. Una huella tan aislada e incomprensible para ellos como el solitario descubrimiento de Robinson Crusoe.
Ilustración de Louis Strimpl
