Vivieron un primer mes imprudente, febril y sin preguntas. Era verano, la niña estaba en la playa con la abuela y los primos. En Madrid, Goyo y Eloísa dormían todas las noches juntos. Después se fueron a una pequeña casa que unos amigos de Goyo tenían en un pueblo de Almería y les prestaban. Cuando aparecieron las preguntas Goyo se encargó de sacarlas fuera por los dos, como en un video-juego donde hay que conseguir que las figuras atraviesen la línea sin que ningún elemento las golpee. El arma defensiva de Goyo era también una pregunta: ¿por qué no?, ¿por qué no?, ¿por qué no? En todas las posturas, en silencio muchas veces, escribiéndole papelitos, con sus brazos y sus piernas rodeándola, Goyo la repetía.
Así pasó el segundo mes, sesenta días, ¿por qué no? Eloísa se dejaba hacer y al mismo tiempo se entregaba. Estaba feliz pero no podía quitarse de la cabeza una sensación intensa, rabiosamente melancólica, de último día, de último verano adolescente. Depositada muy al fondo de su pensamiento, la sensación no interfería en los actos cotidianos aunque a veces asomase mientras hablaba por teléfono con Vera o al oír cosas como «Madrid», «el año que viene». Por ello, si bien después Goyo se había referido varias veces a aquellos ochenta y tres días con sus noches, Eloísa pensaba que el tiempo de ambos estaba empezando ahora.