…en la valla…

NIÑOS DE TIZA. David Torres.

Martes 6 Mayo 2008 · 1 Comment

Una tarde Pedrín logró convencer a su madre para que le comprara un pollito de colores. Los habíamos visto un día dentro de una caja de cartón, amontonados unos encima de otros, pintados de verde, rosa y azul, y ya no quisimos otra cosa. Mi madre me dijo que ni hablar, que aquello era una crueldad, que los sumergían en colorante nada más salir del cascarón y muchos morían o se quedaban ciegos. Después del primer remojón, la supervivencia del pollito dependía de su habilidad para alzarse sobre las cabezas de sus congéneres, chillando entre estrujones y apretones, hasta que el capricho de algún niño los rescataba del martirio. El vejete que los vendía —abrigo gris raído, bufanda anaranjada, boina— permanecía horas de pie en la acera, vigilando la caja de cartón, soplándose de vez en cuando las manos heladas y sumergiéndolas en el vocinglero y bullente plumaje, buscando el calor de los recién nacidos entre las manchas de mierda. Muchos pollos morían dentro de la caja, de hambre, de frío, picoteados o aplastados por las patas de sus compañeros, y más de una vez, ante el estupor del crío apretaba un duro entre sus dedos, el viejo sacaba un cadáver rígido en lugar de una bola viva de plumas.
—Éste se ha dormido —decía, guardándose el despojo en el bolsillo del abrigo—. Espera, que te doy otro.
Pedrín eligió un pollito rosa que no paraba de templar y que entrecerraba los ojos como si también fuera a dormirse para siempre. Lo alimentó con pan mojado en leche y lo guardó en una caja de zapatos que colocó al lado de la estufa. Tuvimos suerte y el bicho logró salir adelante; la mayoría de los pollitos apenas duraban unos días, casi todos acababan asfixiados por alguna reacción alérgica a la puñetera pintura.
—Habrá que buscarle un nombre —dije yo, mirando al pollo rosa que iba y venía, piando y cagándose por los cuatro rincones.
—Ya lo tiene —dijo Pedrín—. Se llama Pollo.
Poco antes de Navidades, Pollo perdió su plumón y cambió su bonito colorido rosa por una envoltura amarilla común y corriente. Pensábamos que alguien nos había dado el cambiazo y andábamos por ahí con un mosqueo tremendo. No sirvió de nada que mi padre nos explicara el proceso: los niños no pueden admitir que se esfume un arco iris. Después, cuando creció, Pollo fue perdiendo la poca gracia que le quedaba hasta transformarse en un vulgar proyecto de gallina doméstica. Lo que antaño había sido un pequeño milagro ahora apenas cabía en la caja de zapatos, se hacía difícil llevarlo de un lado a otro y ninguno de los dos quería limpiar las cagadas que iba depositando a su paso. El día en que dejamos de llamarlo por su nombre, paso a engrosar las filas de los pollos anónimos, los pollos con minúscula que atiborran las granjas y aguardan desplumados tras un mostrador de cristal. Su familia estaba hasta los cojones. El pollo iba y venía por la casa con sus andares de cine mudo, siempre detrás de Pedrín, pero ya no le hacíamos ningún caso. Era sólo un estorbo, un juguete pasado de moda. Un día su madre le retorció el pescuezo y lo sirvió en pepitoria sin decirle nada a su hijo[...]

Básicamente, la infancia es un pollito de colores. El chavalín rollizo y gracioso que desemboca en un adolescente gordinflas y un par de gafas de culo de vaso; la guapa nena con trenzas que se resuelve en una niñata histérica con la cara picoteada de granos. El timo del pollito se va repitiendo a todo lo largo de la vida. Más tarde o más temprano uno termina por comprender que la existencia puede resumirse en una larga y enrevesada sucesión de estafas, que no ha hecho otra cosa más que acumular pollitos de colores: un matrimonio fallido; una novia muy guapa que resulta un pendón; un trabajo cojonudo que a los tres meses se convierte en una condena a galeras; un cinturón de campeón de Europa de los medios que acaba colgado en una pared del salón, junto a aquel diploma de tercero con el que mi padre daba el coñazo a las visitas. Al final lo único que queda de cualquier milagro es un jodido pollo amarillento que se va cagando por todas las habitaciones, un pajarraco ridículo que ni siquiera sabe volar y que sólo sirve para la cazuela.

Categories: Cuentos

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  • Isabel // Martes 6 Mayo 2008 at 7:33 pm

    Yo tuve dos: uno rosa fucsia y otro azulón
    y también les daba pan mojado en leche
    y los tenía en una caja de zapatos;
    cada uno cagaba de su color
    Creo que no pasaron de las dos semanas;
    será por eso que no me enteré de la moraleja

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