El señor Dowd lo tiene todo: cerebro, personalidad y amigos. Le quieren tanto los hombres como las mujeres. Podría haber sido algo en la vida, haberse creado un puesto en la sociedad; podría ser un personaje importante. Pero tras luchar durante treinta y cinco años con la realidad, al fin consiguió vencerla. Desde entonces se dedica a ser bondadoso e insólitamente optimista. Un auténtico hombre tranquilo. Lo que resulta bastante desconcertante para los que le rodean.
Una noche se encontró con el que se convertiría en su mejor amigo. Harvey es un pooka (espíritu benigno y juguetón de la mitología céltica) en forma de conejo de dos metros y nueve centímetros. Harvey es sorprendente y tiene muchísimas habilidades; incluso es capaz de parar los relojes.
Elwood y Harvey van a los bares, se piden unos martinis, ponen música en la gramola y escuchan las cosas grandiosas, porque nunca se vió que nadie llevara cosas mezquinas al bar, que los parroquianos quieran contarles. En esos momentos Elwood y Harvey se sienten felices, porque es bonito entrar a un bar en dónde nadie te conoce y acabar rodeado de amigos; porque nunca se tienen suficientes amigos. Y cuando han escuchado sus grandes sueños y sus no menos grandes hazañas, le dicen: “Elwood, es usted un tipo simpático”.
Entonces Elwood les presenta a Harvey, que es mucho más grande y extraordinario que todo cuanto ellos le ofrecen. Y, en fin, los parroquianos se van impresionados. Raramente vuelven los mismos, pero eso es por envidia; hasta en las mejores personas hay algo de envidia.
Hay quien se dedica a chismorrear sobre la inexistencia de Harvey e incluso se atreven a a adjudicar la existencia del pooka a los martinis que pide el Señor Dowd. Hasta su familia intenta recluirle en un manicomio para que no entorpezca sus planes arribistas. Todo el mundo quiere que sea normal y que en vez de ver pookas vea sus responsabilidades. Prefieren que se aburra tanto como ellos.
Es lo que tiene ser bondadoso: que te acusan de borracho, de loco, de raro o de asocial y te condenan a la soledad.
Afortunadamente para el señor Dowd, él nunca está solo: siempre tiene a Harvey alrededor.
“Cuando yo era chico mi madre tenía la costumbre de decirme: ‘En este mundo, Elwood, es preciso’ –ella siempre me llamaba Elwood- ‘En este mundo, Elwood, es preciso que uno sea o muy listo o muy bondadoso’. Durante años fui muy listo. Es mejor ser bondadoso. Divulgue mi consejo”

