…en la valla…

LA PESCA DE LA SIRENA. Elzbieta.

Sábado 21 Junio 2008 · 7 comentarios

El pequeño Fanch fue a la orilla del mar a atrapar una sirena. O quizá sólo para ver una. O a lo mejor nada más que para saber de veras si existían…

Todas las mañanas iba a pescar sirenas, unas veces a las rocas, otras a la playa, y algunas incluso al puerto, entre los barcos.

Fanch tenía una amiga que lo seguía a todas partes. Era una chiquilla que vivía en una casa en lo alto del acantilado. Cuando Fanch pescaba en la playa, ella también estaba en la playa. Cuando él pescaba desde las rocas, ella jugaba en las rocas. Cuando él pescaba en el puerto o en el muelle, ella también estaba allí.

La chiquilla quería mucho a Franch, pero él no le hacía ningún caso. Cuando ella le preguntaba si quería jugar con una cometa o construir un castillo de arena, él respondía:
-No puedo. Estoy ocupado.
-¿Qué estás haciendo?
-Pescando sirenas, lo sabes muy bien.
Por más que la niña le repetía que no había que hacerlo y que estaba prohibido, a él no le importaba.

Todos los días, Fanch enganchaba alguna cosa bonita o útil en la punta del sedal: una pluma de pájaro, una mandarina, un elástico de colores… después arrojaba el cebo lo más lejos posible mar adentro y esperaba.

Un día, la niña dijo:
-Ya que las cosas son así y que Fanch nunca quiere jugar conmigo, ¡no iré más!
Y dejó de ir.
Se quedó en el jardín de su casa del acantilado y no volvió a bajar a la playa.

El pequeño Fanch siguió pescando, pero a partir de entonces, siempre estaba solo por todas partes.
-¡Qué rara y triste está hoy la playa! -se dijo.
Se fue a pescar a las rocas, pero allí tampoco se estaba como siempre. Y en el puerto, completamente solo entre los barcos, era aún peor.

Entonces, de repente -como la playa, el puerto y el mundo entero se habían vuelto tan tristes desde que la niñita ya no estaba- Fanch se dió cuenta de que tenía muchas ganas de volver a verla.
Corrió hasta la casa del acantilado, pero por mucho que llamó, ella no respondió.

Al día siguiente, volvió y llamó de nuevo a la niñita a través del seto del jardín. Le prometió jugar con la cometa y construir un castillo, pero ella no respondió. Por fin, al tercer día, le prometió no ir nunca más a pescar sirenas.

Entonces la niña abrió la puerta del jardín y los dos corrieron hasta el mar.

Pero resulta que cerca de la orilla, en el fondo del mar, vivía una sirena.
Ella se había dado cuenta de que Fanch intentaba cogerla, pero no se dejaba. Así que cuando Fanch pescaba entre las rocas, ella se escondía entre las rocas. Cuando Fanch estaba en la playa, ella nadaba a lo largo de la playa. Cuando él pescaba en el puerto, ella se escurría entre los barcos para verlo. Le habría gustado coger las cosas bonitas que él enganchaba para ella en la punta del sedal.

Pero estaba prohibido.
Sin embargo, no podía evitar tener ganas de seguir a Fanch por todas partes en secreto.

La sirena, escondida en el fondo del mar, se dió cuenta de que Fanch había dejado de tirar el sedal y jugaba con la niñita de la mañana a la noche. A partir de entonces, fuera donde fuese, tanto al puerto como a la playa, el agua le parecía gris y amarga. Fanch ya no la esperaba.

Todos los días la sirena esperaba que Fanch arrojara de nuevo sus regalos al mar. Pero él no lo hacía, sólo pensaba en la niñita. Entonces la sirena se dijo:
-Si hubiera sabido que Fanch me iba a olvidar, lo habría cogido por el sedal y atraído al fondo del mar.

Un día en que Fanch y la niñita paseaban en barco por la costa, la sirena los vio y decidió encrespar las olas del mar para que murieran. Pero todavía era muy pequeña para provocar una tormenta y lo único que consiguió fue rizar un poco las olas de la superficie.
-¡Eh, mira! -exclamó Fanch- ¡El mar está cubierto de corderos!
La niñita se estremeció.

-Volvamos de prisa a casa -dijo.

Un buen día llegó el fin del verano.
-¿Sabes?, voy a marcharme… -dijo la niñita.
-No, no quiero. Quiero que te quedes aquí conmigo. -Y se puso a construir un castillo de arena. Iba a ser tan grande y bonito que los dos cabrían en él. Vivirían juntos, siempre de vacaciones.

Pero al día siguiente, la casa del acantilado estaba cerrada. La niñita se había marchado y, en la playa, el mar había borrado las paredes del castillo.

El pequeño Fanch fue al puerto, y, mientras miraba los barcos, se dijo:
-La niñita seguramente volverá. Voy a esperarla aquí.
Pero por mucho que esperó, ella no regresó. Trepó entonces a las rocas y miró todos los lugares enlos que habían jugado juntos, esperando volver a verla. Pero la niñita se había marchado a su casa de la ciudad y Fanch estaba solo en la costa.

-Puesto que me has dejado completamente solo -se dijo Fanch-, ¿para qué voy a mantener la promesa que le hice?

Se volvió hacia las olas y gritó con todas sus fuerzas:
-¡Eeeeh sirena, sirenita, ven a jugar conmigo!
La sirenalo oyó desde el fondo del mar y reconoció la voz de Fanch.
Pero las sirenas siempre quieren ser las preferidas, las primeras y las únicas. Y ella sabía muy bien que Fanch la llamaba porque la niñita ya no estaba. Así que de lejos y sin mostrarse se burló de él.

Cuando el pequeño Fanch oyó la risa, creyó que era el graznido de una gaviota que reía y se dijo:
-A fin de cuentas, ¡las sirenas no existen!

Muchos años después, Fanch volvió a la costa. La chiquilla, que se había convertido en una chica, también regresó.
Se encontraron en la playa y cada uno le contó al otro que antes, de pequeño, solía ir a aquel lugar.
-A lo mejor jugamos juntos -dijo la chica.
-De lo que me acuerdo -dijo él- es que aquel año yo iba a pescar sirenas…
-¡La pesca de la sirena! -exclamó la chica.

Entonces se reconocieron y se acordaron de todo. Comprendieron que siempre se habían querido y que ahora que eran mayores… nunca más tendrían que separarse.


Categorías: Cuentos

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