…en la valla…

ALICIA A TRAVÉS DEL ESPEJO. Lewis Carroll y John Tenniel.

Viernes 11 Julio 2008 · 14 comentarios

— No es más que el Rey rojo que está roncando —explicó Tarará.
—¡Ven, vamos a verlo! —exclamaron los hermanos y tomando cada uno una mano de Alicia la condujeron a donde estaba el Rey.
—¿No te parece que está precioso? —dijo Tararí.
Alicia no podía asegurarlo sinceramente: el Rey llevaba puesto un gran gorro de dormir con una borla en la punta, y estaba enroscado, formando como un bulto desordenado; roncaba tan sonoramente que Tararí observó:
—Como si se le fuera a volar la cabeza a cada ronquido.
—Me parece que se va a resfriar si sigue ahí tumbado sobre la hierba húmeda —dijo Alicia, que era una niña muy prudente y considerada.
—Ahora está soñando —señaló Tarará— ¿y a que no sabes lo que está soñando?
—¡Vaya uno a saber! —replicó Alicia— ¡Eso no podría adivinarlo nadie!
—¡Anda! ¡Pues si te está soñando a ti! —exciamó Tarará batiendo palmas en aplauso de su triunfo—. Y sí dejara de soñar contigo, ¿qué crees que te pasaría?
—Pues que seguiría aquí tan tranquila, por supuesto —respondió Alicia.
—¡Ya! ¡Eso es lo que tú quisieras! —replicó Tarará con gran suficiencia—. ¡No estarías en ninguna parte! ¡Cómo que tú no eres más que un algo con lo que está soñando!
—Si este Rey aquí se nos despertara —añadió Tararí— tu te apagarías… ¡zas! ¡Como una vela!
—¡No es verdad —exclamó Alicia indignada—. Además, si yo no fuera más que algo con lo que está soñando, ¡me gustaría saber lo que sois vosotros!
—¡Eso, eso! —dijo Tararí.
—¡Tú lo has dicho! —exclamó Tarará.
Tantas voces daban que Alicia no pudo contenerse y les dijo:
—¡Callad! Que lo vais a despertar como sigáis haciendo tanto ruido.
—Eso habría que verlo; lo que es a ti de nada te serviría hablar de despertarlo —dlijo Tararí— cuando no eres más que un objeto de su sueño. Sabes perfectamente que no tienes ninguna realidad.
—¡Que sí soy real! —insistió Alicia y empezó a llorar.
—Por mucho que llores no te vas a hacer ni una pizca más real —observó Tarará— y además no hay nada de qué llorar.
—Si yo no fuera real —continuó Alicia, medio riéndose a través de sus lágrimas, pues todo le parecía tan ridículo— no podría llorar como lo estoy haciendo.
—¡Anda! Pues, ¡no supondrás que esas lágrimas son de verdad? —interrumpió Tararí con el mayor desprecio.

* * * * * * * * *

Al llegar a las últimas palabras de la balada, el caballero recogió las riendas y volvió la cabeza de su corcel por el camino por donde habían venido.
—Sólo te quedan unos metros más —dijo— bajando por la colina y cruzando el arroyuelo aquél: entonces serás una reina…, pero antes te quedarás un poco aquí para decirme adiós, ¿no? —añadió al ver que Alicia volvía la cabeza muy ansiosa en la dirección que le indicaba—. No tardaré mucho. ¡Podrías esperar aquí y agitar el pañuelo cuando llegue a aquella curva! Es que, ¿comprendes?, eso me animaría un poco.
—Pues claro que esperaré —le aseguró Alicia— y muchas gracias por venir conmigo hasta aquí, tan lejos…, y por la canción…, me gustó mucho…
—Espero que sí —dijo el caballero con algunas dudas—: no lloraste tanto como había supuesto.
Y diciendo esto se dieron la mano y el caballero se alejó pausadamente por el bosque. —No tardaré mucho en verlo despedido, supongo —se dijo Alicia mientras le seguía con la vista—. ¡Ahí va! ¡De cabeza, como de costumbre! Pero parece que vuelve a montar con bastante facilidad…, eso gana con colgar tantas cosas de la silla… —y así continuó hablando consigo misma mientras contemplaba cómo iba cayendo ya de un lado ya del otro a medida que el caballo seguía cómodamente al paso. Después de la cuarta o quinta caída llegó a la curva y entonces Alicia agitó el pañuelo en el aire y esperó hasta que se perdiera de vista.
—Ojalá que eso lo animara —dijo, al mismo tiempo que se volvía y empezaba a correr cuesta abajo.

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