…en la valla…

DesENCUENTROS. Jimmy Liao.

Domingo 27 Abril 2008 · 14 Comments

Pero, en la vida se producen siempre felices coincidencias,
y dos líneas paralelas pueden llegar a cruzarse algún día [...]
Así pues, un día, se encuentran junto al surtidor del parque.


Es como si fueran amantes que no hubieran podido verse durante años.

→ 14 CommentsCategories: Colores · Cuentos

Forges

Domingo 27 Abril 2008 · 14 Comments

→ 14 CommentsCategories: Tebeos

Tontadas que circulan por internet: Life’s too short for the wrong job!

Sábado 26 Abril 2008 · 7 Comments

→ 7 CommentsCategories: Tontadas

AWALÉ

Jueves 24 Abril 2008 · 20 Comments



El Awalé es uno de los juegos más antiguos que se conocen. Pertenece a la familia de los juegos mancala y es, por tanto, de origen africano.
Como juego agrario que es, su objetivo es llenar el granero. Mejor dicho: conseguir que tu granero esté más lleno que el del vecino. El tablero de juego consta de dos campos de labranza (el propio y el del susodicho vecino), cada uno con seis agujeros en los que se siembran y recolectan semillas. Inicialmente se colocan cuatro semillas en cada agujero. Los jugadores van alternando el turno de juego. En cada turno, el jugador tomará las semillas de un agujero de su campo, y las irá sembrando una a una en los agujeros consecutivos de ambos territorios, en sentido inverso a las agujas del reloj. Si la última semilla se siembra en un hueco del adversario que, antes de sembrar, tuviera una o dos semillas, el jugador recolectará las dos o tres semillas que quedan después de la siembra y se las guardará en el granero. Es más, si la casilla precedente también tuviera dos o tres semillas, éstas también se recolectan, y así sucesivamente, ¡siempre y cuando no te salgas del campo del vecino!
Si el número de semillas tomadas para sembrar es muy elevado y se da la vuelta completa al tablero, la casilla de la que se partió deberá saltarse y, por tanto, quedará vacía.
Y como somos buena gente solidaria, no es recomendable matar de hambre al vecino (¿si no ante quién vamos a fardar de la estupenda cosecha???), por lo que siempre hay que jugar de modo que el adversario tenga semillas con las que jugar. Sólo se puede dejar al vecino sin semillas en caso de imposibilidad de efectuar una jugada que le alimente, en cuyo caso el juego termina.
Dicen que aunque se aprende a jugar en unos cinco minutos, “son necesarios varios años para dominar las sutiles estrategias” del awalé.
Como ésto de sembrar y recolectar es realmente cansado, es recomendable acomodarse en un rincón acogedor, a poder ser con una cerveza bien fría que refresque el gaznate y ayude a pasar las semillas.

→ 20 CommentsCategories: Juguetes

DIÁLOGO ENTRE BABIECA Y ROCINANTE. Miguel de Cervantes.

Miércoles 23 Abril 2008 · 7 Comments

B. ¿Cómo estáis, Rocinante, tan delgado?

R. Porque que nunca se come, y se trabaja.

B. Pues ¿qué es de la cebada y de la paja?

R. No me deja mi amo ni un bocado.

B. Andad, señor, que estáis muy mal criado,
pues vuestra lengua de asno al amo ultraja.

R. Asno se es de la cuna a la mortaja.
¿Queréislo ver? Miraldo enamorado.

B. ¿Es necedad amar?

    R. No es gran prudencia.

B. Metafísico estáis.

    R. Es que no como.

B. Quejáos del escudero.

    R. No es bastante.

¿Cómo me he de quejar en mi dolencia
si el amo y escudero o mayordomo
son tan rocines como Rocinante?

→ 7 CommentsCategories: Rimas

LIBROS ILUSTRADOS EN INVIERNO. Jessie Willcox Smith.

Miércoles 23 Abril 2008 · 2 Comments

→ 2 CommentsCategories: Colores

SONETOS. William Shakespeare.

Miércoles 23 Abril 2008 · 1 Comment

XLIII

Veo mejor si cierro más los ojos
que el día entero ven lo indiferente;
pero al dormir, soñando te contemplan
y brillantes se guían en lo oscuro.
Tú, cuya sombra lo sombrío aclara,
si ante quienes no ven tu sombra brilla,
¡qué luz diera la forma de tu sombra
al claro día por tu luz más claro!

¡Ay, qué felicidad para mis ojos
si te miraran en el día vivo,
ya que en la noche muerta, miro, ciego,
de tu hermosura la imperfecta sombra!

Los días noches son, si no te veo,
y cuando sueño en ti, días las noches.

→ 1 CommentCategories: Rimas

LA MUERTE DE IVAN ILICH. León Tolstoi.

Martes 22 Abril 2008 · 1 Comment

La historia de la vida de Ivan Ilich había sido sencillísima y ordinaria, al par que terrible en extremo.

Había sido miembro del Tribunal de justicia y había muerto a los cuarenta y cinco años de edad. Su padre había sido funcionario público que había servido en diversos ministerios y negociados y hecho la carrera propia de individuos que, aunque notoriamente incapaces para desempeñar cargos importantes, no pueden ser despedidos a causa de sus muchos años de servicio; al contrario, para tales individuos se inventan cargos ficticios y sueldos nada ficticios de entre seis y diez mil rublos, con los cuales viven hasta una avanzada edad.

Tal era Ilya Yefimovich Golovin, Consejero Privado e inútil miembro de varios organismos inútiles.

Tenía tres hijos y una hija. Ivan Ilich era el segundo. El mayor seguía la misma carrera que el padre aunque en otro ministerio, y se acercaba ya rápidamente a la etapa del servicio en que se percibe automáticamente ese sueldo. El tercer hijo era un desgraciado. Había fracasado en varios empleos y ahora trabajaba en los ferrocarriles. Su padre, sus hermanos y, en particular, las mujeres de éstos no sólo evitaban encontrarse con él, sino que olvidaban que existía salvo en casos de absoluta necesidad. La hija estaba casada con el barón Greff, funcionario de Petersburgo del mismo género que su suegro. Ivan Ilich era le phénix de la famille, como decía la gente. No era tan frío y estirado como el hermano mayor ni tan frenético como el menor, sino un término medio entre ambos: listo, vivaz, agradable y discreto. Había estudiado en la Facultad de Derecho con su hermano menor, pero éste no había acabado la carrera por haber sido expulsado en el quinto año. Ivan Ilich, al contrario, había concluido bien sus estudios. Era ya en la facultad lo que sería en el resto de su vida: capaz, alegre, benévolo y sociable, aunque estricto en el cumplimiento de lo que consideraba su deber; y, según él, era deber todo aquello que sus superiores jerárquicos consideraban como tal. No había sido servil ni de muchacho ni de hombre, pero desde sus años mozos se había sentido atraído, como la mosca a la luz, por las gentes de elevada posición social, apropiándose sus modos de obrar y su filosofía de la vida y trabando con ellos relaciones amistosas. Había dejado atrás todos los entusiasmos de su niñez y mocedad, de los que apenas quedaban restos, se había entregado a la sensualidad y la soberbia y, por último, como en las clases altas, al liberalismo, pero siempre dentro de determinados límites que su instinto le marcaba puntualmente.

En la facultad hizo cosas que anteriormente le habían parecido sumamente reprobables y que le causaron repugnancia de sí mismo en el momento mismo de hacerlas; pero más tarde, cuando vio que tales cosas las hacía también gente de alta condición social que no las juzgaba ruines, no llegó precisamente a darlas por buenas, pero sí las olvidó por completo o se acordaba de ellas sin sonrojo.

Al terminar sus estudios en la facultad y habilitarse para la décima categoría de la administración pública, y habiendo recibido de su padre dinero para equiparse, Ivan Ilich se encargó ropa en la conocida sastrería de Scharmer, colgó en la cadena del reloj una medalla con el lema respice finem, se despidió de su profesor y del príncipe patrón de la facultad, tuvo una cena de despedida con sus compañeros en el restaurante Donon, y con su nueva maleta muy a la moda, su ropa blanca, su traje, sus utensilios de afeitar y adminículos de tocador, su manta de viaje, todo ello adquirido en las mejores tiendas, partió para una de las provincias donde, por influencia de su padre, iba a ocupar el cargo de ayudante del gobernador para servicios especiales.

Texto completo en formato PDF

→ 1 CommentCategories: Cuentos

Club de Lectura: ESTUDIO EN ESCARLATA. Arthur Conan Doyle.

Martes 22 Abril 2008 · 4 Comments

-El resultado final no tiene ninguna importancia en esto, bendito de Dios. Si se atrapa al hombre, eso habrá ocurrido gracias a sus esfuerzos; si se nos escapa, eso habrá ocurrido a pesar de todos sus esfuerzos. Si sale cara, gano yo, y si sale cruz, pierde usted. Hagan lo que hagan, tendrán partidarios. Un sot trouve toujours un plus sot qui l’admire.

→ 4 CommentsCategories: Cuentos

¿DE QUÉ COLOR ES EL SOL?

Sábado 19 Abril 2008 · 3 Comments

→ 3 CommentsCategories: Colores · Cuentos

DON’T PASS ME BY. Ringo Starr.

Jueves 17 Abril 2008 · 7 Comments

I listen for your footsteps
Coming up the drive
Listen for your footsteps
But they don’t arrive
Waiting for your knock, dear
On my old front door
I don’t hear it
Does it mean you don’t love me anymore?

I hear the clock a’ticking
On the mantel shelf
See the hands a’moving
But I’m by myself
I wonder where you are tonight
And why I’m by myself
I don’t see you
Does it mean you don’t love me anymore?

Don’t pass me by
Don’t make me cry
Don’t make me blue
‘Cause you know darling I love only you
You’ll never know it hurt me so
How I hate to see you go
Don’t pass me by
Don’t make me cry
Don’t make me blue

I’m sorry that I doubted you
I was so unfair
You were in a car crash
And you lost your hair
You said that you would be late
About an hour or two
I said, “That’s alright, I’m waiting here
Just waiting to hear from you”

Don’t pass me by
Don’t make me cry
Don’t make me blue
‘Cause you know darling I love only you
You’ll never know it hurt me so
How I hate to see you go
Don’t pass me by
Don’t make me cry
Don’t make me blue

→ 7 CommentsCategories: Canciones

De Viva Voz: LOS HIJOS DEL CAPITÁN GRANT. Julio Verne. Ilustración de Carlos de Miguel.

Miércoles 16 Abril 2008 · 7 Comments

La conversación fue muy animada. Se felicitó efusivamente a Paganel, en su doble cargo de cazador y cocinero. El sabio aceptó las congratulaciones, con la modestia inherente al verdadero mérito. Después, se entregó a curiosas consideraciones acerca del ombú que les guarecía bajo el follaje, cuyas profundidades, según él, eran inmensas.
—Robert y yo —añadió alegremente—, durante la cacería nos creímos en pleno bosque. Por un momento temí que pudiéramos perdernos. No lograba encontrar el camino. El sol declinaba en el horizonte. En vano buscaba huellas de mis pasos. El hambre nos atormentaba. Empezaban a oírse en la espesura los rugidos de las fieras… No, es verdad, no había fieras y lo siento.
—¡Cómo! —replicó Glenarvan—. ¿Siente usted no haber encontrado fieras?
—Sí, claro.
—¿Por el solo gusto de exponernos a su ferocidad?
—La ferocidad no existe… hablando científicamente —respondió el sabio.
—Poco a poco, Paganel; por mucho que se esfuerce, no me convencerá de la utilidad de las fieras. ¿Para qué sirven?
—¡Comandante! —replicó Paganel—. Sirven para clasificarlas por órdenes, familias, géneros, subgéneros, especies…
—¡Valiente cosa! —dijo Mac Nabbs—. Sin eso, puede pasarse muy bien. Si yo hubiera acompañado a Noé, en el momento del Diluvio, habría impedido al imprudente patriarca que encerrara en el arca parejas de leones, tigres, panteras, osos y otros animales tan peligrosos como inútiles.
—¿Habría sido usted capaz? —preguntó Paganel.
—¡Ya lo creo!
—¡Pues habría cometido un disparate, desde el punto de vista zoológico!
—Pero no desde el punto de vista humano —replicó el comante.
—¡Qué barbaridad! —replicó Paganel—. Por mi parte, hubiera conservado los megaterios, los pterodáctilos y todos los seres antediluvianos, de que desgraciadamente nos vemos privados.
—Pues yo le repito que Noé hizo muy mal —insistió el comandante—, y que merece la maldición eterna de los seres humanos.
El auditorio de Paganel y el comandante no podía contener la risa al ver discutir a los dos amigos sobre el viejo Noé. El comandante, contra su temperamento, no dejaba pasar día sin buscar camorra con Paganel, como si el sabio tuviera el don de exasperarlo. Glenarvan, según su costumbre, intervino en el debate, diciendo:
—Lamentable o no, ya se considere desde el punto de vista científico o humano la falta de fieras, es preciso que nos resignemos, por el alimento, a su ausencia. Paganel no podía esperar encontrarlas en esta selva aérea.
—¿Por qué no? —contestó el sabio.
—¿Fieras en un árbol? —dijoTom Austin.
—¡Qué duda cabe! El tigre americano, el jaguar, cuando se ve acosado por los cazadores, se refugia en los árboles. Uno de esos animales, sorprendido por la inundación, hubiera podido, perfectamente, buscar refugio entre las ramas del ombú.
—Pero, en fin, supongo que no lo ha encontrado usted —dijo el comandante.
—No —respondió Paganel—, y eso que hemos explorado todo el bosque. Es lástima, porque hubiese constituido una soberbia caza. El jaguar es uno de los carniceros más temibles. De una sola zarpada, pone fuera de combate a un caballo, y el olor de la carne humana excita su sensualidad. La que prefiere es la del indio, y luego, por su orden, la del negro, la del mulato y la del blanco.
—Encantado de estar clasificado en cuarto lugar —dijo el comandante.
—Eso demuestra simplemente que es usted insípido —contestó Paganel, con cierto aire de desdén.
—Celebro ser insípido —replicó Mac Nabbs.
—Pues bien, es humillante —objetó el intratable Paganel—. El blanco se proclama superior a los demás hombres, y parece que no es ésta la opinión de los jaguares.
—Sea como quiera, amigo Paganel —dijo Glenarvan—, y como entre nosotros no hay indios, mulatos ni negros, me complace la ausencia de sus queridos jaguares. Nuestra situación no es tan desagradable.
—¿Cómo? —interrumpió el sabio, cogiendo al vuelo la palabra, que le proporcionaba un nuevo tema de discusión—. ¿Se queja usted de su suerte, Glenarvan?
—Desde luego. ¿Es que acaso se encuentra usted a gusto en estas ramas incómodas y duras?
—Jamás he estado mejor, ni aun en mi oficina. Llevamos vida de pájaros, cantamos, revoloteamos… Hasta comienzo a creer que los hombres han nacido para vivir en los árboles.
—No les falta más que alas —dijo el comandante.
—Ya saldrán algún día.
—Entretanto —contestó Glenarvan—, permítame, amigo mío, que prefiera a esta vivienda aérea el enarenado parque, el pavimento de una casa o el puente de un barco.
—Lord Glenarvan —replicó Paganel—, hay que tomar las cosas como vienen. ¿Que son buenas? ¡Tanto mejor! ¿Que vienen mal dadas? ¡Conformarse! Veo que echa usted de menos las comodidades de su castillo de Malcolm.
—¡No!, pero…
—Estoy seguro de que Robert está en la gloria —se apresuró a decir Paganel, para contar, por lo menos, con un adepto a sus teorías.
—¡Sí, señor Paganel! —exclamó Robert alegremente.
—Eso es propio de su edad —respondió Glenarvan.
—¡Y de la mía! —replicó el sabio—. Cuantas menos comodidades, menos exigencias; cuantas menos exigencias, más felicidad.
—¡Vamos! —dijo el comandante—.Ya veo a Paganel emprendiendo una cruzada contra las riquezas y el lujo.
—No es eso, Mac Nabbs —contestó el sabio—.Y a propósito, ¿quiere usted que le cuente una leyenda árabe que me viene a la memoria?
—Sí, sí, Paganel —dijo Robert.
—¿Y qué demostrará su historia? —preguntó el comandante.
—Lo que demuestran todas las historias, querido amigo —contestó Paganel.
—Entonces, no será una gran cosa —replicó Mac Nabbs—. Pero, en fin, Scherezade, relátenos uno de esos cuentos que son su especialidad.
—He aquí que una vez —dijo Paganel—, el hijo de un poderoso sultán, que no era feliz, fue a consultar a un viejo derviche. El prudente y experto anciano le dijo que la felicidad era cosa difícil de encontrar en este mundo. «Sin embargo», añadió, «conozco un medio infalible para devolverla a Vuestra Alteza». «¿Cuál?», preguntó el joven príncipe. «Ponerse la camisa de un hombre dichoso», contestó el derviche. Dicho el consejo, el príncipe abrazó al anciano y partió en busca de su talismán. Visitó las capitales de toda la tierra; probó camisas de emperadores, reyes, principes, magnates. La tarea fue inútil. Continuó tan desgraciado como antes. Acudió entonces a las camisas de los artistas, de caudillos, de mercaderes. El resultado fue igualmente negativo. Así erró largo tiempo, a la ventura, sin hallar la felicidad tan anhelada. Desesperado al fin, después de haber ceñido a su cuerpo toda clase de camisas, volvía taciturno y cabizbajo al palacio de su padre, cuando divisó a distancia, en pleno campo, a un mísero labriego que empujaba su arado, rebosando satisfacción y cantando alegremente. «O la felicidad no existe sobre la tierra», se dijo el príncipe, «o éste es el hombre a quien busco».Y se fue derecho al campesino. «¡Buen hombre!», le preguntó, «¿eres feliz?». «Sí», contestó el otro. «¿No ambicionas nada?» «No.» «¿No cambiarías tu suerte por la de un rey?» «Nunca.» «Pues bien, véndeme tu camisa.» «¿Mi camisa? Yo no uso camisa.»

→ 7 CommentsCategories: Cuentos

Club de Lectura: CUANDO HITLER ROBÓ EL CONEJO ROSA. Judith Kerr.

Martes 15 Abril 2008 · 7 Comments

—Los nazis han arramblado con todo —dijo Max—. Eso se llama confiscación de la propiedad. Papá recibió una carta la semana pasada —Max sonrió—. Ha sido como una de esas comedias horribles en las que todo el rato está llegando gente con malas noticias. Y encima tú, a punto de estirar la pata…
—¡Yo no iba a estirar la pata! —dijo Anna.
—Hombre, yo ya sabía que no —dijo Max—, pero ese médico suizo tiene una imaginación muy siniestra. ¿Quieres volverte ahora a la cama?
—Creo que sí —repuso Anna. Se sentía un poco débil, y Max la ayudó a cruzar la habitación. Ya metida cómodamente en la cama, dijo—: Max, eso de… confiscación de la propiedad, o como se llame… ¿es que los nazis se lo han llevado todo…, hasta nuestras cosas?
Max asintió con la cabeza.
Anna trató de imaginárselo. Se habían llevado el piano…, las cortinas de flores del comedor…, su cama…, todos sus juguetes, entre ellos el Conejo Rosa de trapo. Por un momento le entristeció mucho acordarse del Conejo Rosa. Tenía ojos negros bordados (los suyos de cristal se le habían caído hacía años), y una costumbre encantadora de derrumbarse sobre las patas. Su peluche, aunque ya no fuera muy rosa, era blando y amoroso. ¿Cómo se le habría ocurrido llevarse en su lugar aquel perro lanudo, que no tenía ninguna gracia? Había sido una terrible equivocación, y ahora ya no podría arreglarlo nunca.

→ 7 CommentsCategories: Cuentos

YOU CAN CLOSE YOUR EYES. James Taylor & Carly Simon

Lunes 14 Abril 2008 · 2 Comments

Well the sun is surely sinking down
But the moon is slowly rising
So this old world must still be spinning ’round
And I still love you

So close your eyes
You can close your eyes, it’s all right
I don’t know no love songs
And I can’t sing the blues anymore
But I can sing this song
And you can sing this song
When I’m gone

It won’t be long before another day
We gonna have a good time
And no one’s gonna take that time away
You can stay as long as you like

So close your eyes
You can close your eyes, it’s all right
I don’t know no love songs
And I can’t sing the blues anymore
But I can sing this song
And you can sing this song
When I’m gone

→ 2 CommentsCategories: Canciones

RIP VAN WINKLE. Washington Irving. Ilustración de Arthur Rackham.

Domingo 13 Abril 2008 · 8 Comments

Los chicos de la aldea le saludaban también alegremente siempre que le veían venir. Tomaba parte en sus juegos, les fabricaba juguetes, les enseñaba a hacer volar sus cometas y a jugar a las canicas y les contaba largas historias de fantasmas, brujas e indios. Fuera por donde fuera, escabullándose por la aldea, siempre le rodeaba una tropa de chicuelos, colgándose de sus faldones, encaramándose a sus espaldas y haciéndole impunemente mil jugarretas, y ni un solo perro del vecindario se atrevía a ladrarle.
El gran error del carácter de Rip era una insuperable aversión a toda clase de labor útil. No es que careciera de asiduidad o perseverancia, porque era capaz de sentarse el día entero a pescar sin proferir el menor murmullo en una roca húmeda, con una caña de pescar tan larga y pesada como la lanza de un tártaro, aunque no picara el anzuelo ni un solo pez.
Podía llevar durante largas horas una escopeta al hombro y arrastrarse por bosques y pantanos, por colinas y cañadas, para disparar a las ardillas o a las palomas silvestres. Nunca se negaba a ayudar a sus vecinos, aun cuando fuera en la tarea más penosa, y era el primero en todas las alegres reuniones de la comarca para desgranar las mazorcas de maíz o construir cercos de piedras; las mujeres de la aldea le empleaban para llevar sus mensajes y, asimismo, para los pequeños encargos que sus poco amables maridos no querían desempeñar.
En una palabra, Rip siempre estaba dispuesto a atender los negocios de cualquiera antes que los suyos propios, pues cumplir con sus deberes familiares o mantener su granja en orden le era punto menos que imposible.

→ 8 CommentsCategories: Colores · Cuentos